Tiempo congelado

“¿Me amas?”, le preguntó sonriente. Él, con toda la ternura posible, le respondió sin más: “¿Por qué no habría de hacerlo? Quiero que estemos juntos por siempre, ¿acaso tú no lo quieres así?”.

Él la amaba. Lo veía en su mirada y en cada palabra pronunciada por su grandiosa boca. Yo no podía hacer nada al respecto; él decidió sentir toda esa lluvia de emociones y sentimientos. Creyó que ella le desnudaba su alma y en realidad nunca conoció ni una partícula de lo que realmente era. ¡Hasta yo la conocía mejor!, pero vamos, ¿quién no se iba a enamorar de ella? De la hermosa Katy, con su hermosa risa contagiosa, mirada penetrante y sonrisa seductora; con esa voz hipnotizante, ese cuerpo perfecto para los hombres y tan envidiable para las mujeres. Su largo cabello castaño que parecía ser el mejor atractivo: le caía hasta la cintura, siempre acompañado de un prendedor simple y bonito. Hasta su estatura era perfecta. Cualquier hombre capaz de amar con el corazón se podría enamorar de ella y nunca la olvidaría… eso siempre pasaba.

Yo, la típica persona observadora; ella, una amante del café… y él, siempre encantado de observarla a cada instante, a cada sorbo de su café. Siempre sola en la misma mesa. A la misma hora llegaba y a la misma hora se iba, en su horario de lunes a jueves. Él, sin poder aguantar más esas ganas de cruzar palabras con ella, se acercó nervioso pero seguro de lo que quería. Aquel momento cambiaría su vida para siempre.

Charlaron un poco y ella se despidió no sin antes acordar una cita para dos días después. Él vistió sus mejores ropas: pantalón de mezclilla color azul, playera blanca con un estampado color negro, y una chaqueta de piel color café. Se veía muy guapo. Ella decidió asistir con un vestido rojo simple y coqueto. Se veía preciosa. Visitaron la típica cafetería donde todo comenzó e igual acabaría. Platicaron de muchas cosas. Él siempre intentando sorprenderla con su intelecto y ella causando gracia con su fingida torpeza.

Después de ese día se frecuentaron por las noches casi a diario y en el mismo lugar. Así fue durante meses; no sé cuántos exactamente, pero fueron los suficientes para que uno se enamorara y otro riera. Era imposible no sentir algo por ella. Una noche, mientras tomaban café, él decidió confesar sus sentimientos: “Eres extremadamente hermosa. Tu carácter es emocionante y tus palabras me enloquecen. Te quiero y me siento gozoso de que lo sepas”.

Ella le respondió con un beso que le descontroló su cuerpo. Sentía que las piernas le temblaban y su piel se le enchinaba.

El tiempo pasó y él la amaba con su pasado, caprichos, defectos; incluso con sus atrevimientos, coqueteos, arrogancias, miradas y burlas. Esas noches mientras ella se entregaba completa y únicamente a él eran casi fugaces. ¡Cómo le habría encantado que esos momentos en que la tenía sobre él, en que le acariciaba tiernamente, la besaba y le rodeaba todo su cuerpo con un hermoso abrazo fueran eternos!

Pero no era posible para él, pues para ella esos momentos eran típicos, sin nada nuevo. Lo que más detestaba era cuando le besaba la frente o la mano; era tan patético pero le divertía a la vez ver su cara de tonto enamorado. Cualquiera que tuviera el valor de amarla moriría en lágrimas, yo lo sé; él no era el primero y mucho menos sería el último. Yo la observé haciendo eso una y otra vez, pero creo que él fue quien más sufrió con su desdicha.

Él por fin creyó en el amor gracias a ella: tan perfecto, hermoso y, aun mejor, tan inesperado. Él, que siempre había sido una porquería en el amor, tratado mal, ignorando… esta vez se arrepentía de eso. Nunca más sería así. Por ella había cambiado; quería ser todo lo que ella merecía y quería. Desde el primer día en que hablaron se veía con una vida a su lado. “Nos casaremos, estoy seguro”, siempre comentaba. Es que ella se veía muy feliz con él, hasta yo lo creí en algún momento.

“¿Me amas?”, le preguntó sonriente. Él, con toda la ternura posible, le respondió: “¿Por qué no habría de hacerlo? Quiero que estemos juntos por siempre, ¿acaso tú no lo quieres así?”. Ella sonrió discretamente, y con una voz calmada y arrogante le respondió: “No te equivoques, mi amor, tú no eres más que un encuentro fugaz en mi vida. Me aburres un poco pero igual agradezco la gracia y diversión que me causaste. Mi café ya está frío y la taza muy vieja; se ve en las orillas. El tiempo parece congelarse; me debo despedir, no me gustan las cosas amargas como el café. Adiós”.

A partir de aquel día ya no es el mismo. Frecuenta la cafetería cada viernes; los demás días prefiere visitar tiendas a la orilla de la carretera y tomar un capuchino (más rico y menos amargo) servido en un vaso de unicel. Esos son desechables. De vez en cuando llora por las noches mientras extraña el calor de su amada Katy postrada en su cama y junto a él. Asegura haberla olvidado y ser feliz sin su compañía… es obvio que miente. Aún guarda en el buró junto a su cama el prendedor que olvidó una de esas noches en que dormían juntos.

Ella continúa asistiendo a la cafetería, esperando algo diferente, una taza nueva por ejemplo. Ya saben, odia lo típico. Y yo… yo creo que él sufre. Ya no lo veo tan frecuentemente; eso me duele un poco. Tal vez mi felicidad esté a su lado pero él no me supo conocer y yo nunca supe entender. A ella aún le sirvo el café en tazas viejas, y espero que él regrese un martes o jueves compartiéndome una sonrisa, que se siente en la barra frente al mostrador y me comente algunas cosas de rutina. Para él no soy más que una despachadora y para ella su mesera. Para mí, una observadora del tiempo congelado.

Texto producido en el Centro de Escritura Creativa, proyecto coordinado por el maestro Eduardo Libreros. Más información en: https://www.facebook.com/centrodeescrituracreativa/

Imagen tomada de MagnumPhotos.com

Martine Franck / AUSTRIA. Vienna. 1984. Cafe Central.

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Acerca del autor

Yoanka Rosales Martínez

Le gusta escribir sobre el amor sin importar si el final es triste o feliz porque, según dice, “sólo busco que las personas se identifiquen con mis textos”. Admiradora de Gabriel García Márquez, esta joven autora procura volver personales sus letras, haciendo que el escrito se convierta en parte importante de su vida.

2 comentarios

  1. Lupita Serrato · agosto 22

    Esta joven autora será muy exitosa, yo lo sé… ❤

  2. Laura · agosto 22

    Encuentros y desencuentros amorosos, tu historia me hizo recordar mi adolescencia…me considero tambien una observadora de tiempos congelados. Este proyecto sin duda es un buen escaparate para aquellos que gustan transmitir sus ideas a traves de la palabra escrita, felicidades a los creadores y felicidades a la autora. ¡Fue un gusto leerte! Espero tu proxima publicacion.