Mil estrellas y más

Entró corriendo a su cuarto. Cerró la puerta de golpe para poder esconderse bajo la cama. Sólo podía escuchar los gritos de furia de su padre.

— ¡Maldito mocoso, ven ahora mismo!

Elián tomó una caja de madera con el nombre “Julie” tallado en la tapa. Esperó muy asustado a que todo terminara. Se aferró a ella, abrazándola con toda la fuerza que le permitían sus brazos.

— ¡Por favor, vete, por favor!—susurró Elián entre lágrimas.

Su padre intentó subir las escaleras, pero había bebido tanto que terminó tropezando con el sexto escalón, rodando de vuelta a la planta baja. Debido a su estado terminó conciliando el sueño en el piso de la sala. A la mañana siguiente despertaría con una fuerte resaca que lo obligaría a subir a su cama y dormir toda la tarde.

Elián aprovechó el momento para salir por la ventana de su cuarto e ir junto con su caja de madera a una pequeña cueva en el bosque, donde estaba un espejo grande y un casco de astronauta escondidos entre las rocas. Todos los días, en lugar de ir a la escuela, se dirigía hacia allá, se sentaba, comía un emparedado, y posteriormente se colocaba el casco para sumergirse como agua adentro del espejo. Adentro sólo era él y el espacio infinito. Sentía que flotaba entre planetas y estrellas. Era el único lugar donde estaba feliz y seguro.

 

Era de noche y comenzaba a llover cuando Elián regresó a casa. Entró a la cocina mojado y hambriento para ver si quedaba algo para comer. De repente, escuchó a alguien detrás de él.

— ¿Dónde estabas?— preguntó su padre.

—En la escuela.

— ¿Hasta las siete de la tarde?

—Es que pasé a la casa de un amigo— respondió con miedo.

— ¡Nadie te dio permiso para eso!—el hombre se acercó a Elián, alzando la voz— ¿Crees que porque tu madre no está puedes hacer lo que te plazca?

—No, no… yo no quise decir eso—musitó el niño entre lágrimas—pero ella…

— ¡Cállate!— gritó su padre y le dio un golpe.

Elián fue derribado por la fuerza del impacto. Se mantuvo en el suelo por temor a recibir otro igual. Cuando su padre se fue a su cuarto, Elián sacó de su mochila la caja de madera, la abrió lentamente como si temiera romperla, y sacó de ella tres pedazos de una fotografía. Los miró derramando una lágrima por cada uno de ellos… los abrazó como si fueran una persona.

A la mañana siguiente, Elián decidió ir a la escuela. Esperó el autobús escolar quince minutos más de lo normal. Por un momento pensó que era una señal que le decía que regresara a la cueva. No lo era.

En el trayecto Elián se sentó junto a Marc, quien era la única persona que le hablaba en todo el instituto.

—Vaya, por fin te dejas ver—le dijo Marc entre sarcasmo y asombro — Hace semanas que no vas a la escuela.

—Estuve en el espacio— le respondió en forma muy seria. Ni siquiera él mismo supo por qué le dijo eso a Marc.

— ¿Qué?

—Sí… hace poco encontré un espejo. Si lo atravieso me puede llevar al espacio.

Marc se rió.

— ¿Y por qué al espacio y no a Disneylandia?— le preguntó con la burla mal disimulada.

—No lo sé — se quedó con la mirada al frente pensando en esa pregunta— tal vez porque también hay un casco de astronauta.

— ¿Y para qué un casco?— preguntó Marc.

—Es para que no me asfixie allí dentro.

Llegaron a la escuela. Elián fue el último en bajar. Seguía pensando en la respuesta que le había dado a Marc.

 

Por la tarde, cuando regresó a su casa, Elián escuchó gritos y el ruido de cosas rompiéndose en su cuarto. Subió enseguida. Encontró a su padre ebrio y destrozando la habitación.

— ¡Qué haces! — le dijo Elián, asustado y con las manos en la cabeza.

— ¡Con que aquí estás, pequeña rata!— exclamó el hombre mirándolo a la cara.

El hombre intentó sujetarlo. Sin embargo, Elián decidió correr para huir de la casa, no sin antes tomar la caja de madera que había dejado en su mochila. Su padre quiso correr tras él pero tropezó, dándole a Elián una provechosa ventaja. Ya sabía a dónde dirigirse: al único lugar donde se sentía seguro.

Sabía que era cuestión de minutos antes de que el furioso hombre lo alcanzara. Podía escuchar sus gritos cada vez más cerca. Al llegar al espejo, su padre ya estaba a pocos metros detrás de él.

— ¡Ya no tienes escapatoria, mocoso!— exclamó enojado.

Elián abrió la caja que llevaba entre sus brazos y sacó los tres pedazos de fotografía.

— ¿Sabes con quién estoy en esta foto?— gritó con lágrimas en los ojos. Agitó los trozos con rabia, aliviado por poder sacar toda la furia que sentía.

Su padre se detuvo. Sabía quién era esa persona.

— ¡Con mamá!— continuó Elián, sollozando—Ahora ya no está… la única persona que me apoyó y amó.

Después de decir eso el chico se sumergió en el espejo.

El padre intentó atraparlo antes de que se metiera. No podía creer lo que había visto: un niño acababa de introducirse en el espejo. Intentó meter la mano pero se topó con una superficie que reflejaba su figura y, a su lado, un casco de astronauta.

Texto escrito en el “Café de Autor” organizado por el Centro de Escritura Creativa coordinado por el maestro Eduardo Libreros. Más información en: https://www.facebook.com/centrodeescrituracreativa/

Imagen tomada de MagnumPhotos.com

Jonas Bendiksen / RUSSIA. 2006. Stills from TV footage of Soviet space program.

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Acerca del autor

Miguel Ángel González Rodríguez

Miguel Ángel afirma que valora la escritura por dos razones: “me saca de la realidad y puedo llevarla a donde yo quiera, y porque simplemente me encanta la idea de poder contar mis propias historias sin ninguna restricción; sólo yo y lo que tengo para contar”. Obtiene su inspiración en las noches, y trata de escribir con música que refleje el estado de ánimo que quiere transmitirle a un relato. Disfruta leer ciencia ficción de “tono oscuro” que maneje problemas reales dentro de una historia creativa.

Un comentario

  1. Marijo · agosto 21

    Esta increible, muchas felicidades ❤