Entre vinos y quesos

Era una de esas noches en que la oscuridad se comía a la luna. No podía dormir, así que salí a caminar en el parque. Me quedé sentada por un momento cuando, de repente, un alma deshecha pero pura se acercó hacia mí para brindarme amor, aunque él no lo tuviese del todo. Él llegó sin avisar; sólo con un simple cruce de miradas logró introducirse en mí y trató de sacar lo mejor aunque él se destruyera a pedazos.

Al comenzar a interactuar nos entendimos. Logré notar como cada día un nuevo aspecto de su ser me impresionaba e iba desprendiendo esa “capa de porquería” que tenía en su alma y corazón. Poco a poco iba logrando que yo lo comenzase a amar… “¡Pero qué estaba haciendo!”, exclamó mi mente cuando en aquellos momentos un pequeño “te quiero” brotó de la profundidad de mi ser suave y dulcemente. No lo podía creer: él ya había logrado pulir ese corazón frío y distante.

Con el paso del tiempo cada quien se fue acoplando a la forma de amar y vivir del otro. Cada vez me enamoraba más, cada vez esa alma se abría más para mí. Después de tanto intentar, por fin logró expulsar todas sus penas, sin un sólo lloriqueo. Ese fue mi punto máximo para amar a una persona. Lo admiré todo: sus vanidades, cualidades y defectos, nunca había encontrado todo lo que anhelaba. Ese chico tan lindo ante mis ojos… nadie había sido capaz de enamorarme así. ¿Cómo lo consiguió? eso es admirable. Gracias a él iba descubriendo “lo poco que quedaba de mí”, mas me dijo: “¡no, aún queda demasiado!”

Pasó el tiempo y seguía haciéndose el fuerte. Me sentí tan impotente al ver a una persona así. Logré entrometerme en su vida y en su ser; llegué hasta donde a criterio suyo nadie podría llegar. Lo hice, estaba tan dañado…

–¿Cómo una persona puede vivir con tantas cicatrices en alma y corazón?

–¿Lo preguntas tú, que al parecer estás más dañada que yo?

Una lágrima rodó por mi mejilla. “¡Qué estoy haciendo!”, pensé, “Yo nunca en mi gran vida había mostrado sentimiento alguno”. Con un suspiro le cogí las manos y lo besé. Al fin, un beso lleno de amor, de alegría, pero también de miedo. Ya me había enamorado, no lo quería perder, decidí jurarle que nunca lo iba a dejar y sabría sobrellevar todo.

Mientras tanto, nuestros sueños se convertían en realidad. Yo siempre soñé con ser psicóloga y él con ser profesor, pero sin duda nuestra mayor pasión era escribir. Yo sólo lo hago cuando su recuerdo me embriaga. En vida nunca dejé de escribirle a él, a su alma, a su amor. Mis cuadernos se llenaban de palabras dulces, de letras infinitas. Mi amor era inconmensurable, tan inefable que parecía que con el simple roce de un error se desvanecería, pero no fue así; las penas y amarguras nos hicieron más fuertes y decidimos nunca dejarnos.

Sin embargo, el tiempo pasó tan rápido que ni siquiera noté cuando se perdió el amor y cuando se recuperó (claro, lo más importante). Nunca supuse que esto llegaría a pasar y para mi mala suerte el amor se comenzó a perder durante la primavera, esa época tan dolorosa para mí. Yo lo amé aun cuando él ya no me quería, yo siempre estuve para ayudarlo y quererlo siempre.

A veces mi mente divaga en mundos extraños diciendo: “fue tanto lo que hice que inclusive llegué a lastimarlo”, sin embargo entre más lo conocía y me adentraba en él, más me enamoraba. En realidad nunca creí llegar a quererle tanto. Los momentos a su lado siempre parecieron efímeros; cuando se iba, se despedía y me gustaba mirar cómo caminaba, pero también me dolía tanto ver que cada paso lo alejaba de mí. Luego él volteaba y su mirada decía: “ven, ven conmigo”. Tuvimos que esperar un tiempo para que esto sucediera.

La vida siempre fue así. Me agradaba quedarme viéndolo por horas y horas; siempre me hizo tan feliz. Cada que veía esa linda sonrisa mi corazón se paralizaba y mi mente divagaba en universos distantes. Yo siempre lo vi como alguien perfecto, sublime, difícil de alcanzar y de tener. Me dio alas, me hizo volar. Por suerte nunca me las cortó. Sinceramente creo que nunca terminé de conocerlo; cada día era una sensación distinta al mirarlo. A veces me pongo a pensar en todo aquello que pasamos: cuando me reprochaba tantas cosas pensando que en realidad no decía lo que sentía, porque cuando me conoció, fría, él pensó que yo seguiría siendo algo así como una roca, como un cubo de hielo sin sentimientos. Me dolía pero al parecer con el paso del tiempo se dio cuenta que no era así, que en realidad lo quise, que en realidad lo quiero. Hay veces en las que deliro diciendo que vendería mi alma al diablo por verlo un segundo más… no saben lo mucho que lo extraño, pero desgraciadamente él ya no está aquí.

Aún recuerdo cuando se marchó un día lluvioso lleno de lágrimas. Nuestros hijos ya habían crecido; sólo quedábamos él y yo. Fue hacia el trabajo que tanto adoraba y yo no lo besé, no sabía que ya no volvería. El teléfono sonó en la tarde.

–¿La señora Elizabeth?

–Sí, soy yo.

–Su marido acaba de fallecer.

Un nudo se apoderó de mi garganta. No sabía qué hacer. Me tiré a llorar. En verdad no he superado su muerte. Ahora estoy aquí tratando de asimilarlo; vivo cada día pero rota, no quise buscar a otro hombre después de eso, es tan difícil saber que él ya no está que ahora duermo sola. Y tengo tanta culpa dentro de mí… si tan sólo le hubiese dado ese último beso, pero no, no lo hice. Él se fue así, no debió marcharse con ese clima mas yo no se lo advertí, no debimos discutir aquella noche en la que él se entristeció tanto. No debió beber. Si él no hubiese salido así… y manejado ebrio, esto no habría pasado, pero no… ¡pasó!, y pasó de la forma más cruel que se puedan imaginar, por eso guardo tanta culpa.

Sin embargo trato de recordar los buenos momentos; aquellas noches en las que éramos una guerra o en las que éramos paz; cuando nos matamos a besos y con palabras. Quizás ese es el motivo por el cual seguía con él. Nunca me tuvo en monotonía, nunca en calvario.

Nunca le dije cuanto miedo me daba la oscuridad, mas él me enseñó a no temer; me enseñó cómo vivir bien sin preocupaciones, me enseñó acerca de cine, teatro, viajes, libros, vinos y quesos. Así es como lo recuerdo cada noche con una copa de su vino favorito, un trozo del mejor queso y su nombre: Rafael.

Texto escrito en el “Café de Autor” organizado por el Centro de Escritura Creativa coordinado por el maestro Eduardo Libreros. Más información en: https://www.facebook.com/centrodeescrituracreativa/

Imagen tomada de MagnumPhotos.com

Josef Koudelka / Romania 2001

Número de visitas

77

Acerca del autor

Elizabeth Texpa Hernández

La autora menciona que su proceso creativo puede darse “en cualquier lugar, y así como viene una idea la escribo. En realidad me gusta mucho escribir a todas horas y con cualquier tipo de clima, aunque prefiero hacerlo con un café bien preparado”. Es ávida lectora de autores como Poe, Benedetti, Julio Verne, Bukowski y Cortázar. Las letras son su consuelo ya que, según sus palabras, es donde se esconde de algunas cosas que suceden a su alrededor. Sus sentimientos están plasmados en ellas, así como todas esas emociones que a veces no sabe cómo sacar.

Un comentario

  1. Rafael · agosto 16

    Buen relato, mezcla de realidad e imaginación que refleja esas emociones y temores encontrados, que en la adolescencia son frecuentemente fuente de dudas y desasosiegos… Adelante, si bien todo comienzo es difícil, cuando se da el primer paso, nos damos cuenta que la dificultad mas fuerte esta en nuestra mente…