Una anécdota contada por una vieja amiga

Después de la Ladrona de Libros no sé si entiendo mejor a los humanos. No, definitivamente sigo sin entenderlos. Puedo entender a algunos por separado, pero a los humanos en conjunto… lo lamento, pero no los entiendo en lo absoluto.

Como ya habrás notado los humanos no son lo mío, no me aferro a ellos; no muchos me cautivan como lo hizo la Ladrona de Libros. “Primero los colores, luego los humanos”… puede que haya cambiado después de Liesel, pero esa costumbre me mantenía cuerda, y para hacer mi trabajo necesito estarlo, estar tan cuerda que parezca que soy la demente más grande sobre la Tierra.

Regresemos a los humanos. Hay unos que se aferran a la vida con dientes y uñas; hay otros que me llaman antes de tiempo, como Michael. Era un alma atormentada, siempre con la culpa de haber sobrevivido. Regularmente ellos, los que me llaman antes de tiempo, me reciben sin miedo, lo hacen con alegría, con alivio. Sí, los humanos son unas criaturas extrañas, pero esta especie lo es sobremanera, una de ellas volvió a atraer mi atención como una vez lo hizo la Ladrona de libros.

La naturaleza de mi trabajo impide, por obvias razones, que me tope de nuevo con alguna cara conocida, pero esa vez no pude evitar sentir que el rostro que tenía enfrente ya lo había visto. Su cara parecía hecha de mármol, de un blanco que no deseabas perturbar. Ella parecía impaciente: su alma casi saltaba a mis brazos. Hubo un momento en que podría jurar que mi presencia fue percibida por esos ojos suplicantes, rogando que me la llevara de ese lugar. Mis manos casi la alcanzaban cuando llegó todo el ruido: gritos de desesperación, gritos ahogados, toda clase de gritos. Ella parecía decepcionada y se dejó llevar por los brazos de su padre. Una de las mujeres abrió la puerta (supongo que era su hermana mayor); otra se quedó un momento en la habitación antes de reaccionar y salir tras ellos.

Me quedé ahí, con el silencio que hay después del caos. Era un lindo lugar, cómodos sillones, un comedor para invitar amigos a cenar, fotografía de los cuatro juntos en las paredes… mi vista capturaba todo alrededor. Rojo… ese era el color de la cocina. Intenté con todas mis ganas no reírme pero fue imposible: ese rojo combinaba con la sangre en el suelo. Había un charco al lado de la isla de la cocina, fue ahí donde mis ojos se clavaron en una hoja de papel doblada por la mitad.

 

Contenido del papel que se salvó de la sangre y se encontraba totalmente blanco

Mamá, papá y Victoria:

No crean que hago esto porque no los amo. Lo hago, pero ya no sé cómo salir de donde estoy… no sé siquiera dónde estoy. Victoria: lamento todo lo que pasó por mi culpa. Sé que todos se ponen nerviosos cuando hablamos de ello, pero es en lo único que pienso, no puedo dejarlo atrás. Revivo lo que pasó todos los días. Creen que no noto la forma en que me miran, pero lo hago. Desde eso tú ya no me hablas como antes; me evitas. Mamá trata de pasar la mayoría del tiempo fuera de casa y papá se agota a propósito para llegar a dormir por las noches. Estoy sola y entiendo sus razones. Por mi culpa él ya no está y Victoria ya no podrá tener hijos (perdonen si lo considero gracioso ya que era la única de sus hijos que quería tenerlos). Cuando estoy sola en casa a veces abro su cuarto para ver esa sonrisa congelada en las fotos (por cierto, considero que deben deshacerse de ese cuarto y del mío. Ya no estamos. Victoria podría tomar el mío como un estudio para pintar y el de él… no sé, pero papá lo podría usar para algo). Siento mucho lo que pasó. Deseo que ustedes sigan con sus vidas. Mamá, papá… perdónenme. Victoria… recuerda que siempre puedes adoptar, él era adoptado.

Los amo

Sarah

 

Consideré que sería mejor llevarme eso. Cuando regresen a casa del hospital no creo que quieran repetir lo que paso aquí.

Yo sabía que ese rostro de mármol lo había visto antes. Hice memoria: mis recuerdos me llevaron a una tarde naranja, a un cielo pintado con acuarelas. Estaba en la ciudad y la vida nocturna comenzaba a despertar con la caída del sol. Di vuelta en una esquina para encontrarme caminando contra el mar de gente que huía. Todavía se escuchaba el eco de los disparos. Quedaron seis personas, dos de ellas ya esperaban por mí. Levanté la vista de las almas que me llevaría en un momento y me encontré con una escena digna de una película policial.

 

Escena sacada de una película policial (sólo que esto sí está sucediendo)

Las dos víctimas pasaban de sus cuarentas, pero en esa ocasión no pude concentrarme sólo en los colores. Los dos iban de negro. Uno de ellos llevaba un cinturón del mismo color en el que resaltaba una brillante placa de policía. La otra víctima llevaba una sudadera muy grande para lo delgado que era. No pude ver su rostro. Llevaba el gorro puesto y tenía su cara casi contra el suelo.

Un chico de cabello ensortijado protegía a dos mujeres con su cuerpo. Parecía que nada lograría apartarlo de esas figuras temblorosas y sus ojos inundados de terror. La chica del rostro de mármol era una de ellas.

Como a cinco metros se encontraba un hombre con un arma de fuego. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente mientras apuntaba. Un dato más: se encontraba ahí por una deuda y tenía los ojos rojos.

–Nadie más tiene que morir, solo denme lo que ella me debe –dijo el hombre señalando a la chica de rostro de mármol con el arma.

–Dime cuánto es y te lo daré –dijo el joven que hacía de escudo humano.

–Será eso y todo lo de valor que tengan –miró hacia la muñeca del muchacho –como ese reloj que tienes ahí.

–Bueno, chicas, saquen sus carteras. Veremos cuánto le vamos a dar a este hombre.

El chico se volvió hacia ellas lentamente, mirando de reojo al hombre armado.

–Hay que distraerlo –susurró a las mujeres –Victoria: tú distráelo y yo voy por el arma del policía –continuó mientras metía la mano en el bolso de la chica para sacar su cartera. Él no les dio tiempo para reclamar o decirle que estaba loco.

–Amigo, no tenemos dinero, pero Victoria tiene unos brazaletes muy valiosos.

Empujó levemente a Victoria para que el hombre armado pudiera ver los brazaletes. Con el arma le hizo señas a la chica para que diera unos pasos hacia él. Ella caminó: un paso, dos pasos, tres pasos… ahí fue cuando el chico decidió saltar por el arma. Se escuchó el ruido sordo de dos disparos y el joven de cabello ensortijado cayó al suelo. Victoria intentó apartarse de la línea de fuego cuando otro tiro cimbró el ambiente. Antes de caer posó sus manos en la parte baja de su abdomen. Cayó al suelo. La chica del rostro de mármol miró asustada al autor de los disparos. Se le había escapado todo el aire de los pulmones mientras veía cómo al hombre le temblaba la pistola entre las manos. Vino una sutil calma antes de que se escucharan las sirenas a lo lejos. El tipo del arma corrió. Ella se quedó inmóvil en compañía de dos cuerpos sin alma y las figuras yacentes de sus hermanos mientras se formaban esos espesos charcos de color rojo.

Ya no me quedé más tiempo. Me llevé al policía y al hombre delgado de sudadera grande. Como dije, mi trabajo me impide volver a ver los rostros, pero esa misma noche me volví a encontrar con ella. Yo visito con frecuencia los hospitales, casi siempre por ancianos; pocas eran las ocasiones en que lo hacía por almas jóvenes. Me dirigí hacia cirugía. En la sala de espera se encontraba la chica del rostro de mármol sentada con la mirada fija en el suelo. Sus padres estaban a un lado. La madre sentada a punto de acabarse las uñas; el padre de pie y dando vueltas. No entiendo para qué hacen eso los humanos. Dando vueltas en un mismo sitio no van a solucionar nada.

Un doctor se acercó a ellos.

–Logramos estabilizar a su hija, pero los disparos van a dejar secuelas. Ahora ya se encuentra en terapia intensiva.

En sus caras se vio una sombra de alegría pero recordaron a su hijo y justamente su doctor caminaba hacia ellos.

–Lamento mucho decirles que no logramos salvarlo… perdió mucha sangre en el lugar… hicimos todo lo que pudimos.

He escuchado esas frases tantas veces que perdieron el sentido. “Lamento mucho su pérdida”… ¿realmente pueden lamentar la muerte de alguien que no conocen? Como dije, no entiendo a los humanos. La madre comenzó a llorar, desconsolada. El padre cayó rendido en una silla. La chica del rostro de mármol seguía con la mirada en el suelo.

“Primero los colores, luego los humanos”, yo le doy gran peso a los colores, no recuerdo de dónde saqué este hábito. Posiblemente de los humanos. Ellos también se lo dan. Ejemplo: si el bebé va a ser niño regalan cosas azules,  si va a ser niña se regalan cosas rosas. Cuando se van a casar la novia tiene que ir de blanco. Hasta a la muerte le ponen un color: negro. Hay una gran posibilidad de que haya copiado ese hábito de ellos.

No recuerdo cuánto tiempo pasó del incidente de la cocina roja, pero ahora se encontraban papá, mamá y Victoria en un panteón. Todos vestidos de negro, contrastando con ese verde tan vivo del pasto del lugar. No muchas personas los acompañaban. Creo que los padres no querían hacer un gran evento, sino que pasara lo más rápido posible… ya era al segundo de sus hijos que enterraban.

Detrás de todas las personas uniformadas de negro venía caminando Sarah, la chica del rostro de mármol. Le hice señas para que viniera a sentarse conmigo en la banca. Ahora a su blanquísimo rostro se añadía esa expresión de desconcierto, tan familiar para mí. Las primeras veces me preguntaba ¿por qué les cuesta tanto aceptarlo? Hoy solo creo que los humanos se sienten desconcertados ante el cierre, ante el final de sus días. Además, ¡son tantas sus contradicciones! No quieren que aquello termine, y sin embargo, ninguno pierde la oportunidad de ver su adiós. ¿Es necesario ver cómo los demás se despiden de ti? Tal vez los humanos necesitan saber que los que dejaron atrás no los olvidarán. Que tontería. Los humanos se creen tan importantes cuando realmente son insignificantes.

Sarah se sentó. No dijimos nada, no teníamos por qué saludarnos. Lo que hicimos fue quedarnos calladas y contemplar al grupo de personas uniformadas de negro.

–Quisiera decirles cuánto lo siento… –dijo ella sin quitar los ojos de las manchas negras agrupadas sobre el vivo verde.

–No creo que quieran escucharlo en este momento.

–Seguro encuentran un poco de consuelo en la carta que les dejé.

No tenía caso mentir: saqué la carta de mi bolsa y se la puse en sus manos de mármol.

–¿Por qué la tomaste?

–No pensé que murieras.

–Regrésala… quiero que la lean y sigan adelante.

–¿No tienes miedo de que te olviden?

–Eso es lo que quiero, les causé muchos problemas.

Dejé ahí la conversación. La situación parecía difícil para ella… tal vez necesitaba tiempo.

Hice lo que ella me pidió: dejé la carta en su casa, en el cajón del tocador de su recámara. Pensé que así no sería sospechoso y que ellos tardarían un tiempo en encontrarlo, tal vez el tiempo necesario para estar listos.

Imagen tomada de MagnumPhotos.com

 

Número de visitas

219

Acerca del autor

Samantha Zamorano

Comenzó a escribir en la secundaria porque, según sus palabras, “odiaba a su salón y se aburría en clases”. Su primer personaje estuvo basado en su profesor de español, al que convirtió en un hobbit que se dedicaba al chamanismo. Le gusta leer novela histórica, comics y fanfiction “del bueno”, siendo la narrativa breve su principal género de escritura. Sus temas de inspiración son la luna, la muerte, y situaciones irónicas y divertidas de la vida. Le gusta el jazz.

2 comentarios

  1. Carmelita Felix · junio 17

    Sera que no me gusta la muerte que al principio no supe quien era esa bieja amiga pero me gusto.

  2. Jaime · junio 17

    Una gran narrativa, FELICIDADES!!!!
    Sigue con todos tus proyectos, eres genial !!!!