Sin importar quién eres

Mi vida amorosa nunca ha sido algo envidiable, creo que si tuviera que usar un adjetivo para describirla sería “patética”, y aunque tuve algunos novios a lo largo de mi adolescencia, ahora me siento vacía, ninguna persona podía lograr que mi corazón palpitara alocadamente.

Un día, como de costumbre, regresé de la escuela, comí, me acosté un rato a ver la televisión y, al momento de revisar mi mochila para comenzar a hacer la tarea, apareció un sobre de carta blanco, un poco maltratado y con mi nombre escrito en la orilla derecha con tinta azul.

No me acordaba haber comprado ese sobre o haberlo recibido, pero al sacarlo me di cuenta de que contenía una carta. Lo abrí intentando recordar de quién era aquella caligrafía, pero no lo logré; era una letra que jamás le había visto a alguno de mis compañeros.

El contenido de la carta era algo extenso, pero resumiéndolo decía que esa persona estaba enamorada de mí desde hacía tiempo, pero tenía miedo de decírmelo en persona, así que prefería que nuestra comunicación fuera por medio de cartas, hasta que los dos tuviéramos la suficiente confianza para poder conocernos.

Yo no buscaba una relación, pero me intrigaba saber quién me había escrito y por qué no quería que lo conociera. La carta me indicaba dejar la respuesta debajo de la banca al fondo a la derecha en el salón 305, así que eso fue lo que hice. Le dejé a mi “admirador secreto” mi respuesta justo donde me lo había indicado.

Así era nuestra comunicación, hablábamos de cualquier cosa y después de poco tiempo, leer la carta que me dejaba se había convertido en lo más interesante de mi día; debo admitir que varias veces intenté quedarme afuera del salón para poder verlo, pero nunca aparecía, era como si fuera un fantasma.

Después de tres meses intercambiando cartas tomé la iniciativa y lo invité a tomar un café, sin embargo, me dijo que primero quería saber cómo me imaginaba a mi pareja ideal. Yo le conté que me gustaban los hombres no tan altos, con cabello castaño, sin músculos, inteligentes y amables.

Al siguiente día recibí la carta que cambiaría mi vida:

“Jamás podré ser la persona de tus sueños, pero creo que es la hora de que me conozcas, ¿sabes?, tengo miedo, porque sé que me rechazarás pero prometo no volver a buscarte después de esto; al fin y al cabo pronto regresaré a San Luis Potosí. Así que nos vemos a las 4:00 pm en la cafetería que está al lado de la Catedral”.

No entendía por qué me había escrito eso, había mil preguntas en mi cabeza ¿acaso será muy feo? ¿Y si es alguien que me cae mal?

Durante el transcurso del día no podía pensar en otra cosa más que en ese encuentro; sin darme cuenta me había enamorado de alguien a quien no conocía, pero su letra, sus palabras, sus oraciones, su forma de expresarse, me cautivaron. Su físico era lo que menos me importaba.

Llegué a las 3:30 pm al lugar donde me citó, yo llevaba un vestido rojo que me gustaba mucho y sólo me ponía en situaciones especiales. Durante media hora no dejaba de vigilar la entrada de aquella cafetería viendo a los hombres que entraban y preguntándome si él era el que esperaría por mí.

A las 4 en punto entré a la cafetería, me senté al lado de la ventana para poder seguir viendo a las personas. Mientras miraba una mano me tocó el hombro. Mi corazón latía a mil por hora. Entonces escuche un “hola” proveniente de una voz femenina; pensé que era una amiga así que volteé y, para mi sorpresa, ahí había una mujer, no puedo negar que era muy linda pero todo se volvió muy confuso.

Ella se sentó en la silla a mi lado y comenzamos a platicar. En mi interior, yo seguía confundida pero el darle rostro a quien me había escrito tantas cosas en cierto modo me reconfortaba. Cuando logré hacer a un lado mis prejuicios la plática se tornó interesante, sentía que la conocía de años, era como si un vacío dentro de mí se hubiera llenado.

Antes de despedirnos, me preguntó qué opinaba de que ella fuera mujer y no hombre. Yo no sabía qué contestarle, así que dije lo más tonto que se me ocurrió: “podemos ser muy buenas amigas”. Creo que la idea no le agradó, pues después de eso no volvió a escribirme ni a buscarme; a veces la podía ver en el campus de la escuela, pero si nuestras miradas por casualidad se cruzaban ella inmediatamente bajaba la mirada. Por primera vez en mi vida sentí una gran soledad.

Pasé dos semanas pensando en los pros y contras de salir con ella no como amigas, sino como novias; el duelo que se vivía en mi interior era inmenso. Una parte de mí decía que podía hacer el intento pues no había nada qué perder, otra parte de mí decía que eso estaba mal e iba contra todo lo que me habían enseñado. Tardé otra semana en dame el valor para hablarle y decirle que quería intentarlo.

Un día la vi sentada sola en la cafetería y me acerqué a decirle que podíamos intentarlo. Ella me sonrió y me entregó una carta… la última.

“No puedo obligarte a sentir algo por mí, sin embargo agradezco el haberte conocido, todavía recuerdo la primera vez que te vi, tu ibas caminando con tus amigos y tu sonrisa, tu manera de caminar, toda tú me cautivaste. Tal vez sea difícil para ti aceptar una situación así, pero aun así quise intentar y quise conocerte y en definitiva no me arrepiento porque eres alguien muy especial. Gracias por darme la oportunidad de conocerte. Mañana me iré, pero si estamos destinadas a estar juntas, algún día nos volveremos a encontrar.

P.D. si quieres despedirte mañana mi camión sale a las 7 de la noche”

Al día siguiente ella no asistió a la escuela, supongo que estaba ocupada ordenando sus maletas; tenía miedo de ir a la estación de autobuses y no saber qué decir, pero no podía desperdiciar esa oportunidad. A las 6:30 ya estaba allí esperando por ella y, entonces, apareció a las 6:45 en punto. Me levanté de donde estaba sentada. Ella se acerco a mí y me abrazó con una ternura que jamás había sentido antes, un calor agradable se apoderó de mi cuerpo.

Durante 15 minutos de espera nos dedicamos a platicar, mientras tanto ella no soltaba mi mano. Puedo decir que fueron los mejores minutos de mi vida.

Atención a los pasajeros con horario marcado de 7 de la noche, favor de abordar el autobús”. Ese llamado rompió la burbuja perfecta en la que estaba viviendo en ese instante, ella se levantó de su asiento, me dio un beso en la frente y me dijo: “me tengo que ir”.

Mi mente sólo recuerda como su silueta se desvanecía entre mis lágrimas.

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Acerca del autor

María Fernanda Ramírez Pérez

Nació el 11 de Febrero de 1995 en Puebla, Puebla. Es estudiante de la Licenciatura de Idiomas, Enseñanza y Diversidad Cultural en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Un comentario

  1. Beto · mayo 7

    Me encantó Fer! Que hermosa historia!!