Kilitos

Sentado me voy a quedar el resto de la tarde, en realidad no tengo la menor intención de moverme o pararme, me vale lo que piensen. Mis kilitos y yo estaremos tranquilos hasta que nos devore la noche.

El sábado pasado cumplí cuarenta años, fue una celebración sencilla pero digna de recordar. Vinieron algunos de mis amigos, mis papás y hermanos. Todo iba bien entre risas y anécdotas de mi niñez con cada uno de ellos; hasta que mi mamá centró la conversación en que no conoce a ningún anciano gordo, todos se sorprendieron al saber mi edad. Después de dos horas de escucharlos preferí hacer ruido comiendo papas fritas para no atender sus tonterías; supongo que eso los espantó, porque a la media hora se fueron a su casa, dejándome mucha comida para el resto de la noche.

Mi vida desde hace días no parece ser la misma, muchas actividades que hacía antes ya no me gustan, casi nada me entretiene, todo me aburre, lo único que me motiva para moverme de la cama y pararme en las mañanas es la hora del desayuno.

Me viene esa sensación que no puedo controlar, invade todo mi cuerpo, comienzo a saborear los alimentos al olerlos a la distancia, me sudan las manos, axilas y cuello. Siento cómo el corazón se acelera con solo ver los platillos cocinándose en la estufa. No me puedo detener, disfruto tanto y con tal delicia cada bocado sin importar mucho si se mezclan sabores. Dejo de masticar cuando la comida ya no puede pasar más por la garganta, espero una o dos horas para que me haga digestión la comida y vuelva a tener espacio en el estómago para la siguiente ingesta.

Tengo que confesar que la que me inició en este vicio fue mi madre, ella es la culpable de mi hambre, desde niño me lo favoreció con su cariño desbordado y sobre todo, haber sido criado en los setentas, porque una buena madre mexicana en aquellos años sabía que un niño sano era un niño gordo. Me presumía con sus amigas como el “niño gerber”. Todo me lo comía mientras ella se sentía satisfecha con solo mirarme terminar toda la comida que ponía en mi plato. En aquellos años nadie criticaba los comerciales de comida chatarra, anuncios que pasaban toda la tarde mientras veíamos las caricaturas de “Los Picapiedra”. Flipis, chaparritas, gansitos, bubulubus, mazapanes y sabritas desfilaban ante mis ojos y luego entre mis manos. Aquellas épocas pasaron a la historia y los gordos ya no estamos de moda.

Ahora mi madre me llama “cerdo”, ya no se refiere a mí por mi nombre y van varias veces que descubro que le hace señas a mi padre de asco a mis espaldas cuando me invitan a su casa.

Fui el niño más cachetón de la cuadra, ninguno de mis hermanos siguió mis pasos, ellos sí le decían que no a mi madre, pero yo no podía. Cada mañana se esforzaba en prepararme mi desayuno acompañado por un litro de licuado de plátano con huevo, dos tortas de queso de puerco para lunch aunque no siempre eran suficientes y varias veces me quedaba con hambre.

Cada noche había una recompensa para terminar el día, mi padre que trabajaba en un banco cerca de la panadería La Almendra pasaba por una bolsa grande de pan que mi madre acompañaba con atole de maicena. Teníamos una tele pequeña en la cocina para ver el El chavo del ocho durante la cena y, si mis hermanos no se acababan su pan, yo me lo devoraba en los comerciales.

Mi papá también me incitaba al arte del buen comer. Le gustaba la lucha libre, de niño jugábamos luchitas en su cama a dos de tres caídas sin límite de tiempo. Cuando conseguía ganarle por las aplastadas que le daba contra las almohadas, el premio era llevarme a los lunes de luchas en la Arena Puebla. Ya ahí, la tradición consistía en dos cemitas de milanesa con papas acompañadas por unas pepsis bien frías entre la segunda y tercera pelea. Para el final, comíamos medio kilo de cacahuates y unos camarones frescos para rematar nuestra velada con los rudos de las luchas.

“Albóndiga con patas” era el apodo más común que recibí en la mayoría de los salones de primaria, decirle eso a una persona no se consideraba ofensivo o calificaba como hostigamiento escolar en aquellos años. Mi ropa siempre me la compraban en la sección de adultos; nunca conseguí playeras de mis súper héroes favoritos o de moda en mi talla. Conocí mis partes íntimas gracias al espejo del cuarto de baño; nunca a simple vista me pude ver los pies y sólo por el espejo veía mi dimensión completa.

Por varios años fui el salvador de Agustín y Nacho –mis hermanos–, siempre los defendía en la escuela si alguien los molestaba, cuando me pateaban o golpeaban en la panza no sentía los golpes, me aprovechaba de algún error de mis rivales para derribarlos, aplastarlos, hacerlos llorar y gritarles “niñas chillonas” por no soportar unos kilitos apretando su cuerpo contra el piso. Grandes batallas se gestaron en el parque Juárez en donde jugábamos hasta que obscurecía. En los partidos de futbol de la cuadra, yo era el portero, mi panza salvadora impedía el paso de cualquier pelota que intentara entrar a las redes.

La única novia que tuve fue en la secundaria, me sentía contento de que alguien se fijara en mí, la mayoría de mis compañeras me rechazaron en la adolescencia. Ella se llamaba Dolores y algunos años después se convirtió en mi esposa. Me bautizó como “mi gordito de amor”, le hacía gracia cómo se me movía la panza mientras caminábamos tomados de la mano por las calles. Nunca le importó la forma de mi cuerpo. Dolores tenía un cuerpo esbelto, bien formado, parecíamos el número 10 con la sombra que formábamos. Siempre comentábamos que éramos la pareja perfecta. Yo la adoraba, la procuraba y consentía a más no poder, con ella era todo un caballero, nunca nos importaron las burlas que nos hacía la gente cuando nos besábamos tiernamente en el parque. Ella me correspondía invitándome a su casa a comer pozole que preparaba al estilo Guerrero de donde era su familia. Podía comer tres o cuatro platos con una docena de tostadas hasta quedar satisfecho, eructando y agradeciendo el platillo para después besarla, abrazarla y acariciarle tiernamente la pierna con mis dedos robustos sin que su padre lo notara.

El amor que desbordaba por ella se convirtió rápido en responsabilidad. En primer semestre de la carrera de Contabilidad ya estaba embarazada y tanto su familia como la mía estuvieron de acuerdo en sacarnos de estudiar para ponernos un negocio con el que pudiéramos mantener a nuestro hijo. Con los ahorros de mi padre y los consejos de su madre nos pusieron una fonda junto a una parada de la Ruta 11 para que ofreciéramos de comer a los choferes y tuviéramos clientes seguros. Hasta la fecha el negocio funciona y servimos comidas desde las diez de la mañana a las seis de la tarde. Esto me permite seguir disfrutando cada día y a toda hora del pozole y los demás platillos en los que se ha vuelto una experta.

Con ese negocio mantenemos a nuestros tres hijos: Juan de 20 años, Dolores de 19 y Leopoldo de 18. Afortunadamente los tres ya están en la universidad y ninguno sacó mis ansias de comer, ni mi apariencia física, a los tres les gusta el futbol y, contra todos mis pronósticos, le van al América.

Teníamos un Tsuru y era el auto de la familia, pero desde la última vez que subí de peso ya solo mis hijos lo ocupan para ir a la escuela. Compramos una camioneta con batea y es ahí donde me acomodan cuando necesitamos salir a la calle o de compras. Entrar en el asiento delantero es imposible, manejar no puedo y me avergoncé hace algunos meses cuando tuve que pedirles ayuda a los vecinos para que me untaran aceite en el estómago y, así, liberarme del volante que me aplastaba.

Hay noches en que escucho a mi hija bajar al baño de visitas y vomitar después de la cena, creo que es por mi culpa, supongo que no se quiere ver como yo, aunque estoy seguro que pesa menos de 50 kilos. En vez de sentir pena por ella, siento tristeza por toda la comida que tira al escusado sin que nadie más se la coma. Y esos pensamientos son más recurrentes cuando los clientes dejan comida en sus platos de la fonda y siento el deseo incontrolable de calmar mi hambre con sus sobras.

Mi padre ya no me invita a las luchas, siempre me dice que prefiere llenar el tanque de mi camioneta de gasolina que invitarme a comer porque no tengo llenadera.

Mis hermanos rara vez me visitan, he notado que les da pena que me vean mis sobrinos, así que me evitan y mis hijos casi ni conocen a sus primos. Para calmar esta tristeza, me consuelo con unos doce tacos dorados a media tarde al ver pasar por enfrente de la fonda a uno de ellos con sus hijos camino a casa después de la escuela.

Para ir al baño es toda una aventura, compré el escusado más grande que existía en el home depot. Desde niño decidí que era mejor orinar sentado para no estar salpicando todo. Mis manos no me llegan ni al ombligo. Limpiarme y bañarme es una tarea que puedo completar gracias a mi esposa, creo que ya se acostumbró, no le da asco, cada vez que se lo pido lo hace sin decir palabra. Le ofrezco una sonrisa y un gracias cuando termina. He notado que hay días en que huelo mal si no hace bien sus tareas con la limpieza de mi cuerpo.

Duermo en el cuarto de abajo, las escaleras de la casa ya no las puedo subir. Mis hijos, ni siquiera se acercan cuando saben que tengo alguna necesidad de movimiento. Ninguno se sienta a comer junto a mí, dicen que hago demasiado ruido mientras como. Tengo días complicados en que me revienta alguna estría en el vientre, intentó ponerme crema o aceite y no alcanzo, le grito a mis hijos y nadie contesta o acude a mis súplicas. Van varias veces que la cocinera de la fonda me unta aceite comestible para calmar la comezón.

Nunca he hecho alguna dieta y no está en mis planes ni siquiera pensarlo. Me siento con mis kilitos en mi sillón por largas horas en la calle afuera de la fonda sin nada qué hacer. Ahí me deleito contemplando o piropeando a las chamacas de la  preparatoria cercana o a las de la universidad que se suben a las combis mientras mi esposa esta afanada atendiendo a los choferes. Hay algunas que me corresponden con alguna mirada y hay otras que hasta sacan la lengua, me hacen señales de asco, me gritan cerdo; algunas me han dado cachetadas o golpeado en la panza dejando moretones que ahora se han convertido en varices en todo el vientre. Tengo la figura de un mapa con división política entre moretones, varices y estrías. Mientras me baña Dolores, intento vincular mis marcas con algún país o estado de la República.

Ayer tuve mi revisión médica y el doctor Juárez me pidió permiso para tomar algunas fotos de mi cuerpo. Quiere enseñarlas en un congreso en el que será ponente con el tema de obesidad mórbida. Yo seré el tema de estudio. Antes de terminar la consulta me recomendó varios tratamientos y me invitó a comer solo cinco veces al día para ver si bajo unos gramos para la siguiente consulta.

Hoy, ya no quiero pensar en nada más, quiero disfrutar mis últimos años, sé que no queda mucho, entre el colesterol, presión alta, hemorroides y diarreas continuas no creo aguantar tanto. Bajarme de la cama me agita y siento que el corazón se me para del esfuerzo.

Voy a comerme la vida a mordidas, quiero empezar ahora, lentamente, disfrutando cada bocado de esta asfixia alimenticia. Tengo todo listo, la mesa ya está puesta. Quiero comer rico, esperar que el colesterol cierre las venas.Es triste pensarlo, pero a nadie le importo y de todos modos cuando se enteren,  se van a burlar de mí por la mañana, así que voy a darles motivos para que rían a carcajadas de mi suerte.

Espero que reviente pronto la carne, que ya no puede contener más la grasa y mi enorme intestino grueso. Intentaré no dejar muy sucio el comedor cuando suceda y, si no es así, que mis hijos limpien el cochinero por una vez en su vida. Estoy preparado para lo que venga. Mientras eso sucede “buen provecho”, que la muerte me está devorando y la vida me está cayendo gorda.

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Acerca del autor

Abel García Villagrán

Nació en Puebla en 1973, casado con Mayra, papá de Ana Paula y Nahomi. Catedrático de Ingeniería y estudiante del Doctorado en Logística de la UPAEP.

24 comentarios

  1. Mónica · abril 22

    La palabra “aprovechaba” está escrita con “v” en el texto.
    ¡Aguas, Abel!

    • Alejandro Badillo · abril 22

      Ya está corregido. Gracias por la observación.

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Muchas gracias por la observación,

  2. Beatriz Serrano · abril 22

    Muy bueno Abel! Gracias por deleitarnos con tu imaginación y composición literaria.

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Gracias y saludos a toda tu familia.

  3. Javier · abril 22

    Excelente Abel. Felicidades. Me gusto el final. Para Reflexionar.

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Y para comer sano, jajaja

  4. Samuel Peralta · abril 22

    Me encantó, no sabía que escribieras Abel, un abrazote

    • Abel García Villagrán · abril 22

      También aquí esta otro cuento mío que se llama “El premio”, ojalá lo puedas ver también.

  5. Yenny · abril 22

    Muy bueno!!! Gracias por compartirlo.

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Gracias Yenni y muchos saludos.

  6. flor angie · abril 22

    Muy cierto lo que cuenta, en ocasiones las personas se sienten a gusto que se les olvida vivir, pierden ambición y amor por la vida.

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Flor, que bueno que te gusto y así pasa con algunos vicios…entre ellos la comida.

  7. Evanelly · abril 22

    La reflexión me ha dejado pensando.
    Felicidades me gusto y quede sorprendida, no sabía que escribías.
    Saludos

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Gracias y no te pierdas “El premio”, esta en la sección de cuentos, estoy seguro que te gustará.

  8. Mónica Marín Meléndez · abril 22

    Hola Abel,me gustó mucho tu cuento, me asombra como siendo un deportista delgado,describes con rigurosa exactitud el sentir de una persona con obesidad.Muy bien Abel!!!
    Abrazo fuerte.

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Saludos Mony y que bueno que lo leiste, saludos a tu familia.

  9. Juan Vazquez · abril 22

    Me encanto tu cuento Abel, me puso en que pensar.Felicidades!!

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Saludos Juan y esperemos que sirva para disminuir la obesidad en México.

  10. Donají · abril 22

    Cómo siempre, excelente! Un abrazo de todos los Coba Báez!

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Muchos saludos a tu familia y que gusto que pasaste por acá a leerme.

  11. Adri · abril 22

    Muchas Felicidades. Un cuento para crear conciencia!

  12. Hector Meneses Galván · abril 22

    Gracias Abel, no lo considero un cuento sino una realidad ya que conozco varios casos así y sirve para hacer reflexionar a las personas que abusan de la comida y un reclamo a los industriales que explotan a los niños con comida chatarra y a los padres que por falta de tiempo no los cuidan en el buen comer, pasa a lamama a la tienda para comprar el lunch del recreo del niño y todo es chatarra. Excelente reflexion,¿continuaras con el final? Dios te bendiga

    • Abel García Villagrán · abril 22

      Gracias Doctor Hector y si …algún día sabremos que paso con Kilitos….