Movimiento Onírico No. 5. Tocata y Fuga

Esa noche de viernes, después de cenar dos tacos árabes con jocoque y rendido tras una dura jornada de oficina, Chancho se fue a dormir a su rica cama. Era el  suyo un descanso reparador y profundo. A él mismo siempre le sorprendió la facilidad que tenía para dormir pronto, sin más trámite. Él decía que podía dormir así porque tenía la consciencia tranquila. Lo que Chancho no sospechaba era que, a partir de esa misma noche, no volvería a dormir tan plácidamente como hasta entonces lo había hecho.

El taco árabe es delicioso. Definitivamente está entre los preferidos de  cualquier aficionado a la comida rápida mexicana. La carne se prepara a la leña, similar a la de los tacos al pastor (con un sabor igual de increíble. Las especias y la  modulación del fuego a la leña lo dotan de una consistencia crujiente, pero al  mismo tiempo jugosa. La carne se envuelve entonces en pan árabe. Se puede  acompañar de jocoque seco, aceite de olivo, chile serrano y cebolla finamente picados. La salsa roja es de chile chipotle tostado mezclado con vinagre y yerbas de olor. El jugo de limón realza todos estos sabores. Es una combinación de  ingredientes inesperada, improbable, pero que definitivamente evoca en el paladar una explosión de sensaciones. Esa noche, Chancho habría de saber que en su cuarto, en la intimidad de sus sueños, no era el único ser al que le gustaban los tacos árabes, de hecho había a quien el solo aroma emanado de su aliento la  enloquecía.

Hundido en la profundidad de su descanso, en el nivel onírico cinco, Chancho sintió un impacto fuerte, como el de un golpe recto dirigido con potencia  a sus labios. Aunque confundido, Chancho se maravilló de tener su primer sueño en tercera dimensión, ¡le parecía tan real Estaba subido en un cuadrilátero con un  contrincante al que no distinguía. El muchacho aplicaba sus técnicas evasivas: arriba, abajo, a los lados, buscando el espacio para asestar el primer ‘jab’ cuando lo sorprendió un dolor más intenso, esta vez mucho más contundente.Sintió recorrer un líquido por sus labios y filtrarse a su boca. Entre el sueño y la realidad  distinguió el sabor oxidoso de la sangre tocando el paladar. Chancho sospechaba  que esto no era más  ya uno de sus profundos sueños y, como pudo, se trasladó al nivel onírico uno (con los ojos cerrados y consciente al 90 por ciento).

Fue entonces cuando sintió el movimiento y el peso de un ser ajeno que en  ese momento se encontraba agazapado encima del él, a la altura de su estómago. Sí, definitivamente no estaba soñando; recobró la consciencia completamente y  buscó incorporarse de su aposento. Detectó el rápido movimiento de una sombra, apenas captada de reojo. Las pisadas hábiles, pero claramente  perceptibles del animal en fuga fueron para Chancho un signo de preocupación y  alarma. Encendió la luz, palpó y observó su propia sangre: copiosa. ¡Ahora lo envolvía el coraje! Fue al espejo a mirar sus labios y observó una herida pequeña pero profunda.

Era el momento de saldar cuentas con quien o lo que sea que lo hubiera  agredido; con cualquier alimaña que hubiera osado interrumpir la mejor paz posible. Tomó la  escoba -herramienta doméstica multifuncional que también sirve para barrer- y regresó a su cuarto para enfrentar a su agresor, ¡sabía que éste iba a ser un duelo a  muerte!

El gordito cerró la puerta de su cuarto, como en esas peleas tan populares en las que  se vale de todo para acabar con el rival. Hizo lo primero que se le vino a la  mente, imitar  el maullido de su gato Pirata: gMiaaauuu, gMMmmiaaaaauuu, pffft pft.  Aunque Chancho pensaba que su propia estrategia de ataque era ingenua, en  realidad sí imprimió en aquella alimaña un miedo terrible. El animal mismo se  preguntaba:  “¿Qué tal si el gato pardo de  Chancho ha regresado?, ¿qué  tal si ese gato me reconoce de aquél encuentro brutal en el que perdí la mitad de  mi hermoso pelaje?, ¿Aún recordará que fui yo quien le desprendió la retina con mi  feroz mordida? ¡Esa vez el gato juró vengarse  ¿será nuestra batalla final?”.

La sola imagen del felino Pirata aterró al agresor y le dio el impulso necesario para  correr por su vida.  Chancho no había terminado de imitar el maullido del gato  cuando oyó movimientos erráticos y, vio correr en ese instante, debajo de su  hermosa cama, la rata más horrible que había visto. Era grande, larga, flaca, con mechones de pelo sarnoso. Chancho arrojó la escoba en espirales al  ras del suelo, sin embargo ni un solo giro mortal dio en el blanco.

Chancho nunca se explicó cómo esa rata vieja pudo escapar por una rejilla de la coladera del baño tan angosta siendo un animal tan grande. Ese fue el último encuentro entre los dos  personajes; cierto o no, el roedor nunca quiso cerciorarse si el gato pardo de  Chancho al final había regresado a esa casa. ¡¿Qué más da?!  Ahora ya vive feliz con  Lencho, niño bonachón del piso de abajo a quien le gustan las gorditas de chicharrón prensado.

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Acerca del autor

Alfonso Mendoza Velázquez

Profesor investigador en el Centro de Investigación e Inteligencia Económica de la UPAEP. Participante del taller de Cuento de Bellas Artes en la misma institución.

Un comentario

  1. Baudelio · febrero 12

    Exelente cuento Alfonso