Tres disparos en la oscuridad

El Crisol era un nombre apropiado para la Hacienda de los Asencio. Ahí se fundió la mezcla de añejas tristezas, soberbias, voluntades, sueños, pesadillas y miedos de los habitantes de un poblado en el olvido, por tradición nombrado San Pedro del Campo.

El 20 de septiembre de 1889, bien entrada la noche, los tantos perros del pueblo empezaron a ladrar y la gente a despertar de un sueño a medias. El padre Nacho, el párroco del pueblo, prendió el quinqué que estaba en su buró y llamó a Jacinta, la mujer que le cocinaba y que dormía en una pieza cercana:

-¡Jacinta!, están muy inquietos los perros.

-Mande usted, señor –se escuchó una joven voz temblorosa del otro lado de la puerta.

-¡Sí!, los perros, ¿no los oyes? –arremetió de nuevo el padre mientras se calzaba las pantuflas y llevaba el quinqué a la ventana. El paisaje, oscuro, apenas se veía por la pequeña luz y por la tormenta que se abatía. El párroco sintió temor ante la incertidumbre. Sabía que pasaba algo serio, pero no podía entender de qué se trataba. Toda la noche se la pasó dando vueltas en su cama, intranquilo, sin poder dormir y sin poder disfrutar del momento de desahogo sexual que había tenido poco antes.

Jacinta sacó sus llaves y se acercó a la puerta del cuarto del padre. Antes habían retozado aprovechando que el sacristán había partido a un pueblo lejano a visitar a su madre. Jacinta abrió y lo primero que vio fue la sombra engrandecida del sacerdote que le recordó el peso de su autoridad.

-¿Por qué tardas tanto? ¡Te estoy hablando y no entras! ¿No oyes el alboroto?

-¡Sí, padre! Ha de ser por los truenos del aguacero. Yo misma no he podido dormir nada. Me despierto a cada rato.

El padre no quedó satisfecho. En San Pedro del Campo era muy común que lloviese a cántaros y se oyeran truenos en esa época del año, pero los perros nunca habían ladrado tanto, así que decidió salir a averiguar seguido por su cocinera y ambos se sumaron a una procesión que empezaba a formarse, que crecía rápidamente y que se dirigía a las afueras del pueblo.

***

            No está claro si era por la tormenta con sus rayos, o por los presentimientos -de ésos que se pasean por lo oscuro entre la gente y los animales para inquietar con sus angustias a los que intentan dormir-, o por el sonido seco de tres disparos seguidos en las tierras cercanas de la hacienda; pero, sumado a los ladridos, se escuchó una misma oración pronunciada por algún habitante de cada jacal, calpanería o casa del pueblo:

“¡Levántate rápido! ¡Algo malo pasó y aquí cerquita!”

Todos se levantaron de sus camas y petates encendiendo antorchas, quinqués o faroles y se dirigieron a El Crisol instintivamente. Los más ágiles esperaron a los de caminar lento  y, luego, apenas llegando –como si cada uno supiese lo que tenía que hacer– formaron un ordenado, gigantesco, silencioso círculo de mil empapados curiosos alrededor de una onírica escena de dos inmóviles, estatuarios hombres parados con sus escopetas frente a dos abigeos que entregaban sus vidas a la tierra en riachuelos de agua y sangre.

Nadie se atrevió a hablar, ni a preguntar o comentar nada. Un caballo tendido agonizante a unos veinte metros completaba la escena. Rafael Asencio hizo el primer disparo y derribó al animal dejando a su jinete a pie. El otro intruso, entonces, regresó en su caballo por su compañero y lo subió en ancas. Hubo un segundo disparo, esta vez de Camilo, que falló, pero el tercero, detonado por Rafael cuando los jinetes pasaban junto a él, atravesó a los dos ladrones por la espalda, dejando inconcluso el mismo plan de robo de ganado con el que otras veces habían tenido éxito los cuatreros.

 ***

La furiosa agresión de las gotas del aguacero contra los curiosos, hacía inútil la protección de sus sombreros: los doblaba con sarcasmo, y hacía brotar de ellos riachuelos que escurrían hacia los rostros y hacia cada parte de los cuerpos de quienes los usaban; los rebozos y las mantas de la concurrencia se mojaron tanto, que ayudaron a la lluvia en su tarea de empapar hasta los huesos a cada persona.

La tormenta fue el telón de fondo para el pueblo entero ahí reunido, que sintió una callada, reprimida excitación al ver salir del círculo a Doña Benita Pedroza de Ramos. Se puso de rodillas frente a los cuerpos de su padre y de su esposo y balbuceó a gritos algo que sus lloridos y la lluvia no dejaron entender pero cuya desgracia se podía adivinar. Todos sintieron una gran pena por la mujer, pero ante la imponente y segura presencia de los amos junto a los cadáveres, pensaron que los Asencio, como era natural,  tenían la razón de su lado.

“¡Claro que no es de extrañar que acabara así ese par de sinvergüenzas!”, exclamó, desde su lugar, una joven voz masculina en el tumulto, interrumpiendo el gemido de la lluvia y el de los pensamientos que querían llegar a las nubes sin lograrlo, como el humo que alcanza la altura y se desvanece en ella castigado por su osadía. La multitud volteó a ver el sonido de la voz que luego calló y, en silencio, ordenó a todos dirigir la mirada hacia lo que el joven campesino, espontáneo autor de las palabras y trabajador en los alfalfares de El Crisol, señalaba con los ojos fijos: a los muertos. Con una tímida señal de la cabeza todos asintieron, obligados instintivamente a justificar a los asesinos, a sus amos. El joven no dijo nada más, ni nadie lo hizo, sólo se quedaron tan congelados como los actores del drama que ocurría en el accidentado escenario del pastizal de El Crisol que daba a la huerta de aguacates.

***

Nunca nadie se explicó por qué la guardia rural, el temido cuerpo policial empoderado por Don Porfirio, no había atrapado a los ladrones desde antes. Algunos estaban seguros de que le daban su mochada al jefe de la corporación en Puebla, pero ninguno se había atrevido a comprobarlo.

Tampoco se explicaban el mal presagio que cada uno sentía, la inquietante sensación que emanó de la concurrencia a partir de ese momento y que roció de un aroma descompuesto a las tierras de El Crisol.

Sin la presencia de ningún rural, el presidente municipal junto con sus dos policías locales, más que intervenir en el asunto, medio azorados por no saber qué hacer, decidieron formar parte del gentío para adherirse a la crónica que resultaría después, de ésas que se comparten de boca en boca y de generación en generación hasta volverse historia, o mito, o  corrido.

Entonces la conciencia moral del pueblo, conquistada y asumida inteligentemente por el eternizado párroco gracias a su aguda percepción de la idolatría y de la franca sumisión al clero de la mayoría iletrada, caminó dos pasos, enderezó el torso con seguridad y exclamó:

“Ahí está la muestra de la justicia divina”, dijo con voz firme y con la retórica propia de los presbíteros.

El sacerdote, sin mediar palabra, con una breve mirada de aprobación y una discreta bendición absolvió a los hacendados, benefactores pródigos de la parroquia y amigos personales suyos. Ellos le correspondieron con un leve movimiento de cabeza apenas perceptible. Comprometido por su investidura y de mala gana, el cura se hincó al lado de la reciente viuda y huérfana para proferir una oración. Sintiéndose cada vez más incómodo por la lluvia, concluyó que era un esfuerzo inútil rezar por quienes seguramente ya estaban condenados. Además, atosigado por los exasperantes e inentendibles gritos de Benita junto a su oído, apresuró sus palabras y se fue tan rápido como pudo. Sin decir nada, cuando ya empezaba a clarear y el aguacero se había convertido en goteo, el gentío, de uno en uno,  también se retiró a preparar los chismes para el desayuno dejando a la joven mujer, a los Asencio, a los cuatreros y al cadáver del caballo, inmóviles. El último en partir, tranquilo y agradecido en su interior, fue el presidente municipal, quien alejado del lugar, mientras daba instrucciones a sus subalternos para que retiraran a los muertos, alcanzó a oír algo semejante a una maldición que la viuda gritó a los dueños de la hacienda…

 

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Acerca del autor

José Antonio Sosa González

Nací el 17 de julio de 1956 en Puebla. Trabajo como empresario en Soloza Alimentos, S. A. DE C. V. desde 2006 y en el área inmobiliaria. Soy Licenciado en Comercio Internacional por el Instituto Politécnico Nacional. He trabajado en áreas de mi carrera y en la construcción y venta de bienes inmuebles. Soy casado con dos hijos. Empecé a escribir hace dos años. Mi motivación para hacerlo nace de las lecturas de novelas de varios autores, especialmente de Saramago, Vargas Llosa, García Márquez y Orhan Pamuk. Tengo algo que comunicar. Vivo en San Andrés Cholula.

4 comentarios

  1. Xavier Lozano · enero 30

    Que sigue Toño, mi me dejes picado.

    • Antonio Sosa González · enero 30

      En unos días subo otro avance. Muchas gracias Xavier. Saludos.

  2. José María Gavito · enero 30

    Felicidades Toño, esto pinta para ser una novela de AÚPA!!!. Un abrazo.

    • Antonio Sosa González · enero 30

      Gracias José María. Ahí trabajando. Gracias por tu comentario. Recibe otro abrazo.