Huellas

Los llevaron de madrugada, cuando todos dormían.  Abrieron la puerta con sigilo y encendieron las luces. Mi madre se apresuró a buscarles un lugar, aunque no supo decidir en cuál habitación, si los acomodaría juntos o cada uno en una alcoba diferente.

La madrugada había dejado un rastro húmedo en los cristales de las ventanas. Yo miraba las nubes que como ballenas nadaban por el cielo, chocando entre ellas  y ocultando el faro lunar.

La habitación de los huéspedes aún no estaba lista por lo que lo que pasaron la noche en el ático. Su presencia me tuvo en vela gran parte de la noche. La luz que se filtraba por la puerta de mi habitación arrojaba siluetas que se dibujaban en el piso como si tuvieran vida propia. Me incorporé de la cama, giré la perilla y abrí lentamente la puerta. El rechinido de sus goznes me delató.

─ ¿A dónde crees que vas? ― dijo mi madre, quien bajaba del ático.

Sorprendido, me quedé sin saber qué decir.

─A beber un vaso con agua─ respondí.

Mientas miraba hacia el ático, la luz se fue apagando hasta que sólo quedó la penumbra. Una bocanada de aire frío me tocó las mejillas, recorrió mi espalda y llegó a mis piernas. El silencio predominó por un rato, pero de vez en cuando se escuchaban ruidos similares a los que hacen los ratones o tal vez de alguien que se come las uñas afanosamente. Como estaba oscuro no pude estar seguro del origen de los ruidos. Una plaga de escalofríos me tomó por sorpresa y me apresuré hacia la recámara. Ya dentro de ella me arrepentí de no haberme asomado al ático donde ellos se encontraban. Tenía curiosidad por conocerlos, pero al mismo tiempo me daban miedo.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, mi madre anunció que de ahora en adelante vivirían con nosotros. Un gran revuelo se adueñó de la casa.

La abuela se levantó molesta de la mesa y dijo que nuestro hogar no era apropiado para ellos. La tía Isabel intentó calmarla ofreciendo su casa la cual era muy grande. Añadió que no tendría inconveniente en albergarlos el tiempo que fuera necesario. Pero mi madre se negó.

─ Se quedarán con nosotros, pase lo que pase ─ afirmó.

El día que la tía Isabel los conoció, bajó del ático con pasos tambaleantes, su piel  cambió a un tono amarillo, sus ojos parecían desorbitados y una horrible mueca contraía sus mejillas.

Yo tenía prohibido acercarme, pero cuando nadie me veía iba al cuarto donde estaban ellos y espiaba por la cerradura. En ocasiones escuchaba a mi madre hablarles cariñosamente, como lo hacía conmigo. Desde que los huéspedes llegaron, ella pasaba largas horas en el ático. Dejó de ir a trabajar, olvidaba prepararme el lunch y, varias veces, me regresaron de la escuela por no llevar el uniforme. El malestar de la abuela creció aún más al escuchar rumores de los vecinos. Los pocos visitantes que llegaban a la casa aseguraban escuchar ruidos extraños, risas y pisadas provenientes de la planta alta.

Todo esto hubiera podido soportarse, pero lo peor fue cuando Juana, la mucama, se negó a realizar el aseo del hogar; diciendo que estaba harta de limpiar las pequeñas huellas que aparecían por toda la casa justo después de que ella  terminaba de limpiar y que así no podía trabajar.

La tía Isabel enfermó unas semanas después. Nunca supimos si fue por el terror que le ocasionó conocerlos o por el golpe que se dio en la cabeza al caer de las escaleras del ático después de aquella visita. La abuela decía que cuando la tía Isabel cerraba los ojos observaba huellas en el piso que caminaban hacia ella y la acorralaban.

En el afán de olvidar, comenzó por olvidar a sus hijos, su domicilio, y, finalmente, su nombre. Tiempo después ya no nos reconocía.

Los huéspedes que se instalaron en casa pasaban la vida sin preocupaciones,  ajenos a todo lo que habían ocasionado.

Aunque me daba miedo entrar al ático, me las ingenié para engañar a mi madre. La abuela no estaba en casa y, mientras mi madre se duchaba, aproveché para robar la llave. Al abrir la puerta del ático por fin puede ver realizados mis sueños: conocerlos.

Pero dentro de la habitación no había nadie: sólo dos cunas vacías, una al lado de la otra; un perfume penetrante me hizo estornudar. La cama individual estaba cubierta con una colcha blanca y parecía que recientemente habían dormido en ella. Había juguetes regados en el suelo y rastros húmedos de pequeños pies por toda la habitación. La mecedora –propiedad de la abuela– lucía solitaria frente al viejo armario en el cual se encontraban dos grandes frascos de vidrio. Dentro de uno de ellos había una figura apergaminada y frágil. Quise ver más de cerca. Ahora me tambaleaba al vaivén de la mecedora. Tomé el frasco de la derecha, me fijé con atención en su pequeño habitante que flotaba en un líquido casi transparente, parecía dar vueltas sobre sí mismo y espiarme desde una rendija de aquel frasco.

Sus ojos grandes y oscuros me sorprendieron, el líquido parecía darle movimiento. Una vez que dejó de moverse, me concentré en su frente abombada. En ese momento un poco de luz vespertina se coló por una de las ventanas y tocó el frasco; a un lado de su cabeza se formó una burbuja. La burbuja ascendió, creció en tamaño y llegó a la superficie. Rastros húmedos de huellas aparecieron en el piso.

 

 

 

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Acerca del autor

Aradid Cortés

Médico cirujano. Maestra en Nutrición Clínica egresada de la UPAEP y del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz. Participante del Taller de Cuento de Bellas Artes.

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