El Crisol

Todos vieron cómo Don Rafael y Don Camilo Asencio, los amos de El Crisol, ni siquiera pestañeaban; estaban atónitos, aterrados, mirando a los difuntos, a sus difuntos, los primeros de sus vidas. Se sumó a los hacendados un sentimiento de pánico que les recorrió el cuerpo en forma de escalofrío cuando se vieron rodeados por todo el pueblo con luminarias. En el silencio que sólo los hermanos entendían, cruzaron sus miradas y eso bastó para ponerse de acuerdo: tendrían que ocultar todo el cúmulo de temores ante la gente, se mantendrían parados con sus armas, todavía en ristre, mostrando un porte orgulloso. Ellos eran los amos, los que dictaban lo que debía hacerse en San Pedro. Estaban obligados a adoptar una imagen de autoridad, de impasibilidad. Poco después, cuando las luces de las antorchas iluminaron mejor el entorno, también confirmaron las dudas sobre la identidad de los muertos, aumentando con eso la confusión de los amos que escondieron junto con todas sus emociones. Los patrones no dejaban de mirar los ojos abiertos de uno de los caídos, sin brillo, congelados, que con su expresión parecían reclamarles lo que hicieron. Se los reclamarían siempre. Sus noches ya no serían de sueño tranquilo, desde entonces. Los Asencio despertarían sobresaltados en infinidad de madrugadas, empapados en sudor, aterrados por esos ojos que penetraban en sus conciencias.

La estrategia de los cazadores había tenido éxito, como tantas noches en otros tiempos al ir a matar venados, coyotes, lobos, iguanas y diferentes animales. Agazapados, soportando la lluvia que escurría de sus sombreros y mojaba sus ropas, habían esperado a sus presas pacientemente. Poco se podía ver, pero los dueños de El Crisol conocían muy bien sus tierras y, por la experiencia de tantas cacerías, eran capaces de distinguir el ruido o la silueta apenas perceptibles de una res, de un hombre o de cualquier ser vivo en la oscuridad. Sus cabezas de ganado habían sido mermadas desde hacía varios días, pero no podían atrapar a los culpables. Sabían que irían otra vez. Ahora también sabían cuándo:

La tarde del día anterior, Rafael había ido a la cantina del pueblo, como solía hacerlo después de la siesta. Apenas entrando, antes de reunirse con los otros hacendados de San Pedro que ya lo esperaban para jugar a las cartas en la mesa que siempre ocupaban, don Chucho, el dueño del lugar, lo había llamado discretamente para que se acercara a la barra.  Rafael, intrigado, así lo hizo. En el camino dio unas palmadas en la espalda en señal de saludo a un par de parroquianos que fumaban, bebían y se limpiaban los bigotes con el brazo en un ritual rítmico. Por la puerta ya iba entrando la concurrencia exclusivamente masculina que, como todos los días, llenaría el negocio poco más tarde con humo de cigarro, risas, juegos de baraja o de dados, noticias, borrachos tercos, jactancias y conatos de pelea detenidos por la clientela. Las únicas mujeres, las jóvenes empleadas de don Chucho, ya empezaban a hacer su tarea de sentarse en las piernas de algún mareado cliente para reír de lo que dijera, para escuchar su soledad, para reconfortar su llanto, para hacer que pidiese más botellas y para ir con él, después, a un cuarto del piso de arriba, a veces tan sólo para dormir abrazados.

Rafael alcanzó la barra y se sentó en un banco alto. -Yo que usted estaría vigilando mi ganado mañana por la noche- le murmuró el propietario detrás del mostrador mientras le servía su acostumbrado tequila.

-¿Por qué me lo dices, Chucho? ¿Qué sabes? ¿Quiénes?

-Pos yo nomás le puedo decir hasta ahí, patrón. Por ahí me llegó la habladuría. Nomás vigile a sus reses que se quedan a pastar en el llano, cerca de los árboles de aguacates- finalizó el dueño de la cantina atusándose los bigotes, quien recibió una buena propina por la novedad.

Rafael apuró el trago, salió sin hacer caso al llamado de sus amigos, montó y enfiló su caballo a galope hacia la hacienda. Al llegar, buscó a su hermano Camilo. Ambos prepararon el plan y alistaron sus armas. Acordaron dejar sus pendientes de la siguiente noche para vigilar al ganado. Como cuando iban de cacería, se separarían uno del otro unos pocos metros, esperarían tirados en el suelo, escondidos entre la hierba y los árboles a que se acercara la presa: habría una carnada  apetitosa, toda reunida en el pastizal que daba a la huerta…

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Acerca del autor

José Antonio Sosa González

Nací el 17 de julio de 1956 en Puebla. Trabajo como empresario en Soloza Alimentos, S. A. DE C. V. desde 2006 y en el área inmobiliaria. Soy Licenciado en Comercio Internacional por el Instituto Politécnico Nacional. He trabajado en áreas de mi carrera y en la construcción y venta de bienes inmuebles. Soy casado con dos hijos. Empecé a escribir hace dos años. Mi motivación para hacerlo nace de las lecturas de novelas de varios autores, especialmente de Saramago, Vargas Llosa, García Márquez y Orhan Pamuk. Tengo algo que comunicar. Vivo en San Andrés Cholula.

12 comentarios

  1. Mafer Alvarez · enero 16

    Toño, que padre esta! me gusto mucho. Sin duda seguiría leyéndolo.
    Felicidades!

    • Antonio Sosa González · enero 16

      Muchas gracias Mafer. Hay más que voy a ir subiendo para que sigas leyendo. Un abrazo.

  2. Mary Carmen Gutierrez Clairgue · enero 16

    Muchas felicidades Toño y mucho éxito.adelante..

    • Antonio Sosa González · enero 16

      Gracias Mary. Sigo adelante. Te aviso cuando publique el libro. Un abrazo.

  3. Ximena Lozano · enero 16

    Muy bueno. ¡Ya quiero leer lo que sigue!

    • Antonio Sosa González · enero 16

      Xime: me da gusto que te guste. Voy subiendo fragmentos. Pronto leerás lo que sigue. Un abrazo.

  4. Claudia Ruiz · enero 16

    Toño, muchas felicidades, que escondido lo tenias, te va a ir muy bien escribiendo, lo haces muy bien

    • Antonio Sosa González · enero 16

      Gracias Claudia. Un adelanto de lo que he estado haciendo estos años. Cuando esté el libro te aviso. Un abrazo.

  5. Xavier Lozano · enero 16

    Toño, me dejaste picado en la lectura.
    Te felicito, y manda lo que sigue.

    • Antonio Sosa González · enero 16

      Gracias Xavier. Leerás pronto lo que sigue. Cuando traje a Rafaél Asencio en esta parte, me imaginé un poco cómo sería, evoqué tu personalidad y la puse en el personaje. Aclaro: la personalidad, no las mañas, que tú y Rafael las tienen, pero diferentes. Un abrazo.

  6. Isabel Gómez · enero 16

    Excelente, como siempre con ganas de leer más!

    • Antonio Sosa González · enero 16

      Gracias Isabel. Pronto leerás lo que sigue. Un abrazo.