El instante triste

Las circunstancias apoyaban a la burguesía, sin permitir intervención alguna que ayudase a embellecer la situación. Nadie se atrevía a revolucionar las sandeces que pretendían ser divinas. Incluso, si se asociaban a la causa, la perversidad crucificaba toda coartada. Torcía a la frágil doncella valiente, las sublimes hazañas eran abofeteadas por unos sinvergüenzas.

Vivir sin husmear ni precipitarse, mantener la boca sellada, sin sermones ni ansias, para poder almorzar apaciblemente, viviendo en el umbral de un alhajero lleno de piedras falsas.

San estaba alejada de esas devoradoras ganas, hasta que una atracción confeccionó su habitación en un lugar de esperanzas, una atracción dirigida por todas aquellas víctimas de las ocasiones y reuniones intensas, en donde estaban convencidos de que las cosas cambiarían, que todo sería diferente, aunque sólo se les ofrecía el consuelo de no ser asesinados aún.

Hubiese sido menos inoportuna la recapacitación del grupo rebelde sin la ausencia de la sabiduría que les era prohibida. Esas restricciones infringían una furiosa reacción casi mecánica, desesperada, pues era la pobreza de la que no podían huir. Ellos estaban indispuestos a continuar avergonzando a su filosofía, a seguir fallando a la ardua tarea hacia la libertad. Reunirse ya no era suficiente. Estaban estancados en el mismo hoyo de basura en el cual habían iniciado.

La propuesta de San, una postura tan suya y tan pura como la de cualquier niño emocionado, era que todo el grupo desfalleciese antes de ser vetados completamente del lugar, pues su objetivo no sería cumplido sin violar un centenar de reglas inútiles.

En medio de las discusiones y propuestas, ciertamente menos radicales que la de la líder, San se preparó para avisar el plan final, la rotación definitiva. Entonces mencionó que era necesario realizarlo ese día, en la noche. Sin aborrecerlo y apoyándoles. Se levantaron en vítores a la expectativa de un supuesto futuro próspero, pues era una fase desconocida del ser humano y lo único que queda era esa incertidumbre que permite soñar y esperar cosas mejores.

Finalmente, sucedió. La noche se tornó fría. Una brisa azotó cada hogar de aquel lugar, un lugar que no conocemos pero que siempre está cerca de nosotros. Un señor de muy avanzada edad, que conocía algunos secretos de libros pasados, casi pudo jurar que la luz de la Luna se había hecho más tenue, en un triste alumbrar que negaba la razón humana, que se sentía traicionada por las decisiones repudiables de los líderes del mundo, pues habían orillado a que la tragedia sucediera. Los perros aullaron por unos segundos.

Sin embargo, ese fenómeno que acaeció en los minutos casi imperceptibles, no logró que la organización de la sociedad cambiara. Las personas, ante el fatal final del grupo rebelde, fueron el epítome de la indiferencia.

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Acerca del autor

María José Lozano Bonilla

Alumna del bachillerato Santiago UPAEP.

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