El premio

Siempre he sido un buen estudiante, la dedicación y los buenos trabajos al final de cada semestre han sido parte importante de mi sentido de responsabilidad. Mis maestros lo saben y casi siempre a mitad de cada semestre me toman en cuenta para participar en algún proyecto que a ellos les dé puntos como catedráticos y a mí me dé experiencia en el mundo empresarial.

Nunca me ha gustado la política, lo mío es la creación de empresas, la innovación, sorprender al mundo con mis ideas, hasta que sucedió lo de Ayotzinapa jamás había pasado por mi mente el meterme a un partido político, afiliarme o protestar por algo.

Ese 26 de septiembre para mí transcurrió como una jornada normal de clases, pero ya para la mañana del 27 se escuchaban algunas historias en los medios de comunicación y recuerdo que por ahí lo comenté con Marisol, mi novia, antes de entrar a clase, pero no pasó a mayores. Cuando llegamos a su casa esa tarde, sus padres me invitaron a comer y en lo que se calentaba la comida nos comentaron algunas noticias de la tragedia. Tenía su papá en la mesa el ejemplar de La Jornada y nos leyó dos artículos que parecían alarmantes, aunque yo estaba tranquilo. Lo que me espantó, fue cuando mencionó los nombres de los desaparecidos y descubrí que uno de los 43 estudiantes tenía el mismo nombre y primer apellido que yo; hasta me hizo burla mi suegra diciendo que me les  había escapado.

En los pasillos de la escuela, conforme pasaban los días, los rumores e historias de terror de los estudiantes iban aumentando poco a poco, pero nadie proponía alguna acción o idea al respecto. Hasta que el 29 de octubre, mientras terminaba una de mis clases, vi a través de la ventana cómo algunos grupos de estudiantes se comenzaban a juntar en la explanada principal de la universidad.

Cuando acabó la clase, salimos del salón y Marisol incitó a los demás compañeros de clase a que nos acompañaran a ver qué estaba pasando en el patio de la escuela. Al llegar, pudimos escuchar a tres estudiantes venidos del Politécnico de la ciudad de México. Ellos nos dijeron a grandes voces que teníamos que organizar algo y no dejar que sucediera lo de Ayotzinapa en las demás universidades del país, porque esos estudiantes asesinados podríamos ser nosotros. No lo había pensado, ni creía que fuera a pasar, pero con sus palabras fui entendiendo desde otro punto de vista la gravedad del problema. Marisol fue de las primeras en unirse al nuevo movimiento en la universidad y, para no quedarme atrás, me volví parte de los gritos en contra del gobierno y su represión a los estudiantes de quién sabe dónde, porque hasta ese día no tenía idea de en qué parte del país estaba ese pueblo,  pero yo gritaba sin parar al mismo ritmo que mis compañeros.

Para el 20 de noviembre organizaron la marcha. Se iban a cerrar las puertas de la escuela y no se iba a permitir que ningún maestro impartiera clases. ¡Todos somos Ayotzinapa! ¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!, eran los gritos que lanzábamos esa mañana mientras colocábamos carteles, fotos de los estudiantes y veladoras en la dirección de la universidad.

Como nunca, estaba entusiasmado con la revuelta y Marisol, sorprendida por mi cambio, me pidió que le ayudara y elaboramos letreros con el número 43 dibujado que repartimos a otros compañeros de facultad para que los levantaran durante el trayecto.

Grité, canté, saludé, disfruté y soporté los rayos de sol durante las dos horas que duró el trayecto hasta que llegamos al zócalo y nos plantamos frente al Palacio Municipal. Nadie salió, nadie nos escuchó como hubiéramos querido, sólo el policía de la puerta nos miró y nos dijo: “Disculpen jóvenes, pero todos los funcionarios están en el Centro de Convenciones en una conferencia y regresan en dos horas, por si quieren regresar más tarde”.

No lo hicimos, pero esa tarde yo me sentía satisfecho de haber gritado cosas inimaginables al gobierno del país y al sentir la solidaridad de los compañeros a lo largo del trayecto.

Lo mejor estaba por venir, pues el 22 de noviembre me llamaron de la dirección de la escuela. Lo primero que pensé era que me iban a reclamar o castigar por algo que hice durante la marcha, sabía que me había excedido en algunos gritos, pero de eso a que el director me escuchara era diferente. No fue así, la secretaria del director me hizo pasar a la recepción y me pidió amablemente que esperara un momento. Minutos después salió el director con una sonrisa, yo estaba desconcertado, pero ya una vez adentro de la dirección entendí su felicidad. Me hizo pasar, sentarme frente a su escritorio, me ofreció un refresco y luego me dijo lo siguiente: “Como recordarás, compañero, hace un año elaboraste junto con tu maestro de Administración el licenciado Juan Flores, un proyecto para dar asistencia a migrantes durante su regreso a México. El maestro Flores, a principio de este año envió el proyecto a México y ayer nos acaban de anunciar que ganaron el primer lugar a nivel nacional. Por esta razón, tienes que presentarte el día 4 de diciembre en Palacio Nacional para recibir el premio de manos del presidente de la República, como comprenderás será un acto en el que representarás a esta institución y a todos los estudiantes del país”.

Todo lo que había soñado ahora se estaba cumpliendo, iba a tener diez segundos para estar junto al presidente, tomar su mano y decirle todo lo que mi corazón sentía por aquellos 43 estudiantes que murieron calcinados. Iba a gritarle lo que mis compañeros gritaban a sus espaldas. Ningún alumno de mi universidad o de alguna otra tendría la oportunidad de estar junto a él como yo ese 4 de diciembre.

Mi maestro y yo, patrocinados por la universidad, fuimos juntos a comprar un traje nuevo, lo escogimos gris obscuro por la solemnidad de la ceremonia; la corbata fue dorada, pues teníamos que llevar el color de la institución y que se viera uniforme para el momento de las fotos con el presidente. Seguramente esas fotografías iban a aparecer en la oficina del director, en la revista de la escuela, en los trípticos de admisión y en los espectaculares de la universidad por toda la ciudad, así que tenía que salir perfecto.

La semana previa al evento estuve planeando junto con Marisol lo que tenía que hacer, elaboramos una carta que reunía todos los sentimientos de mis compañeros sobre los 43 estudiantes y pedimos al final de cada clase que todos firmaran si estaban de acuerdo con el contenido. Sabía que era su héroe, sabían que la iba a entregar al momento de  saludar al presidente y que esta universidad iba a ser escuchada por primera vez en años.

La noche del 3 de diciembre no pude dormir, los nervios me traicionaban y me hacían imaginar una y otra vez la escena del momento de la recepción del premio y lo que tenía planeado hacer. A las seis de la mañana, mi papá me llevó a la universidad y ahí nos encontramos con mi maestro y la camioneta que nos llevaría a México. Sólo pensaba en mi plan y me limité a decir muy pocas palabras a mi maestro durante el camino mientras observaba los volcanes a un lado de la carretera. Iba pensando que era justo lo que iba a hacer, sin embargo, recibir ese premio me abriría las puertas para un buen puesto político al terminar mis estudios. Incluso podría decir que mi vida estaría resuelta. Sin darme cuenta de tanto pensar me quedé dormido, el sueño me ganó y desperté espantado cuando estábamos entrando al zócalo del DF.

Nos bajaron junto al Palacio Nacional; vi que había varias filas de miembros del ejército resguardando la entrada. Fue increíble descubrir lo fácil que entramos, solo nos pidieron nuestros nombres y una credencial del IFE, buscaron en su lista y ¡bingo!, ahí estaba mi nombre y el del licenciado Flores. “Pasen por favor”, dijo el guardia de la puerta, “los están esperando para la ceremonia”.

Estaba adentro, lo había logrado, pasamos los detectores de metales, nos revisaron, no me dijeron nada del sobre en la bolsa de mi saco y caminamos unos pasos. Mis ojos pudieron ver los murales de Diego Rivera, jardines, restos de la cultura azteca en medio del patio. Además, la casa y el lugar donde murió Benito Juárez  entre otras cosas increíbles, que, por primera vez, a mis 22 años podía ver gracias a mi talento escolar.

Una señorita nos abordó en el camino, nos entregó nuestros gafetes e indicó el lugar de la ceremonia. En el patio central, junto a la fuente, estaba un templete y decenas de sillas perfectamente acomodadas. Era temprano y faltaba una hora para la ceremonia, pero en las sillas ya estaban nuestros nombres pegados, así que tomamos asiento y por el micrófono anunciaron el ensayo de la ceremonia. Una señorita con falda muy corta y tacones negros dio señal a la escolta, marcaron el paso por el patio, la banda del ejército ensayó el himno nacional, me hicieron subir por las escaleras y una persona simulando que era el presidente me indicó con qué mano y hacía qué lado tendría que sonreír para las fotos, cámaras de la televisión y periódicos. Ese era mi día, lo iba a hacer, iba a ser el primer día que un estudiante universitario le diría en su cara al presidente lo que nadie había podido hacer en meses de movimiento. Hoy, yo estaba destinado para hacerlo.

Mi maestro no sabía nada de mi plan y andaba emocionado por todos los rincones del patio tomándose fotos para subirlas al “Face” para presumir a familiares y amigos, además estaba seguro que gracias al premio sería merecedor de un ascenso en la facultad. Después del ensayo, nos llevaron a los tres ganadores y maestros a conocer las salas ocultas de la casa de Juárez. Nuestra guía nos comentó que lo que veríamos no era parte del recorrido habitual de los turistas, pero tratándose de los estudiantes más distinguidos del país haría una excepción y se arriesgaría a que los conociéramos.

Justo a las once de la mañana todos guardaron silencio, el maestro de ceremonias anunció la llegada del presidente de la República, los funcionarios ocuparon sus asientos, los invitados  nos emocionamos por el inicio de la ceremonia. Todo estaba listo, mi momento, mi día, la hora, la protesta estaba ahí. El presidente con su cabello perfectamente engominado y corbata roja, entró por una de las puertas y tomó su lugar en el estrado.

Comenzó la ceremonia, entonamos el himno nacional dirigido por la banda de guerra del Heroico Colegio Militar, incluso pude ver cómo el licenciado Flores derramaba una que otra lágrima durante de ceremonia. Yo metía mi mano cada rato en la bolsa interna de mi traje para buscar el sobre con la carta, que nunca se movió pero quería asegurarme que estaba ahí, gritando en mi bolsillo sobre la inseguridad y la injusticia de todos los estudiantes de este país.

Tocó el turno del presidente y pasó al micrófono, habló del premio, del honor que sentía al recibir a los estudiantes más destacados del país, incluso me sonrojé con sus palabras, sabiendo que yo era el mejor, porque yo iba por el primer premio y, aunque no estuve de acuerdo con la mayoría de lo que dijo, me sentía honrado de estar ahí enfrente de él como un ganador, que iba a decirle lo que nadie se había atrevido, porque era el único que se había ganado ese derecho.

La entrega de los premios llegó, anunciaron al tercer lugar, un muchacho de Hermosillo que pasó muy nervioso y tropezó al subir los escalones, todo el recinto soltó una carcajada, aunque el presidente se contuvo las ganas y le entregó el premio.

El segundo lugar, fue una chica de una universidad privada del DF que desde que anunciaron su nombre y comenzó a caminar iba llorando, incluso cuando besó al presidente le dejó húmeda la mejilla y salió hecha un desastre en las fotos.

El ganador del primer lugar, anunció el maestro de ceremonias, “nos acompaña desde la ciudad de Puebla. Estudiante del quinto semestre de administración, con un promedio de 9.8 en su carrera y representando a las universidades públicas del país, es…”.

Dijeron mi nombre, mi maestro me sonrió, me tocó el hombro y me impulsó a pasar al frente. Las manos me temblaban, estaba listo, toqué el sobre en la bolsa de mi saco; comencé a caminar, repasé en mi mente lo que tenía que decirle, la gente me aplaudía, la banda del ejército tocaba una diana, saludé a los funcionarios de la izquierda del presidente. Miré al frente, ahí lo tenía, estaba conmigo, extendió la mano, era mi momento, tomé su mano, lo miré a los ojos, me miró.

Señor Presidente,  – le dije –

Dime  – me contestó sin quitarme los ojos de encima mientras me sonreía.

Gracias por el premio, es un honor y un privilegio para mí estar con usted, lo admiro por lo bien que está gobernando a México.

Volteamos a la derecha y sonreímos para la foto.

 

 

Número de visitas

229

Acerca del autor

Abel García Villagrán

Nació en Puebla en 1973, casado con Mayra, papá de Ana Paula y Nahomi. Catedrático de Ingeniería y estudiante del Doctorado en Logística de la UPAEP.

7 comentarios

  1. Claudia Ponce · enero 6

    Muy bueno Abel, ojalá sigas compartiendo tu talento. Felicidades por tus logros…

  2. Ana María Cuevas · enero 6

    Muy bien Abelito. Te felicito.

  3. Claudia Gutiérrez · enero 6

    Me gustó Abel! Gracias ! Felicidades !!

  4. Horacio · enero 6

    Bien Abel….. Felicidades!!

  5. Flor de Liz Mendoza · enero 6

    Final de fotografía, literal. Buen relato.

  6. Rosaura Salazar · enero 6

    Excelente relato! Felicidades Abel!

  7. Héctor Meneses · enero 6

    me toco vivir el problema del 68 en México y el del 71_73 en Puebla, los jóvenes son utilizados por su pasión y la manera tan fácil de convencerlos por causas que no siempre son reales.
    En el 68 la fuerte infiltración del partido comunista en México, los líderes JAMAS estuvieron al frente cuando había momentos difíciles, muchos de ellos actualmente en cargos políticos o recibiendo una pensión vitalicia importante.
    En el 73 nace la Upaep como una oposición nuevamente a los movimientos comunistas,en la UAP (hoy Buap) en la escuela de Ingeniería Química nos pusieron maestros rusos, cubanos y mexicanos con preparación en Rusia y nos impusieron materias de filosofía marxista leninista, vi morir y desaparecer a muchos compañeros de Ingeniería Química, arquitectura, leyes y ver llegar camiones que se llevaban los cadáveres y a los heridos para nunca mas saber de ellos. afortunadamente se extinguió el movimiento, prevaleció la Upaep y los movimientos católicos, muchos jóvenes fueron convencidos para ser carne de cañón, se les preparaba física e intelectualmente en el edificio carolino, me toco participar en algunas sesiones, la promesa era una pensión económica mensual atractiva, obtener cualquier licenciatura sin dificultad u un posgrado en Rusia, algunos compañeros que conocí en esas sesiones morían en el entrenamiento.
    ¿Alguna similitud con Ayotzinapan?
    Si todo, tuve alumnos en posgrado que conocían a detalle lo que pasaba y lamentablemente eran parte de y fueron utilizados para.
    Una excelente reflexión de este cuento histórico ya que se basa en hechos reales… hay mucho que escribir…