Un martes o un jueves en la tarde

Álvaro abrió la puerta inseguro, sabía que ella no estaba, de todas maneras no podía evitar ponerse nervioso cada vez que lo hacía, adrenalina pura, pensaba, al cerrar la puerta, dentro, se quedó unos instantes parado, tranquilizándose y reconociendo la casa visualmente, era importante dejar cada cosa en su lugar cuando se fuera. Caminó por la sala y miró hacia la cocina, la pava fría estaba sobre la hornalla, el mate frío sobre la mesada, la bombilla, aún más fría, dentro del mate que ella había tomado hacía un rato, sus labios habían tocado esa bombilla y quizá, pensó Álvaro levantando el mate y succionando, podría absorber la simple sensación del olor a su aliento, sólo una vez le había pasado de las tantas, y una vez era suficiente para seguir intentándolo, así que succionó otra vez, nada, pensó, no hay nada, también imaginó que a lo mejor, chupando de la misma bombilla, pudiera absorber la energía de ella, o algún secreto, o transmitirle que él había estado ahí, aunque Álvaro no se hacía ilusiones, ella no quería estar con él, no podía ocurrir una conexión entre los dos a través de la bombilla, no por ahora, se dijo Álvaro. De la cocina regresó a la sala y la atravesó observando los sillones, la mesita en el medio de los sillones, la lámpara, el equipo de música, todo igual, siguió por el pasillo, pasó por la puerta del baño y se metió en la pieza.

Sentado en la cama, de frente al placard abierto, Álvaro observó colgados los vestidos y las camperas de ella, repasó mentalmente si el orden era más o menos el mismo que la última vez, salvo por el vestido negro caído sobre los zapatos de ella, lo demás en las perchas lo recordaba igual, entonces repasó los zapatos, sobresaltado, al lado del vestido negro que los tapaba, descubrió unas nuevas zapatillas azules, se acercó para verlas mejor y vio las tres bandas rosas en los costados, son de mujer, se dijo más tranquilo, sabía que era posible que un día, revisando las cosas de ella podía encontrarse un fragmento que hiciera suponer la existencia de otro hombre en su vida, y en la mía, se dijo Álvaro, pero estaba seguro de tener la fuerza de carácter suficiente para superar el “fragmento” si se lo encontraba, es más, había pensado que encontrando ese “fragmento” le serviría para convencerse que lo mejor era dejarla en paz, ella era un tema del pasado, ya estaba subida a otra historia, él tenía que hacer lo mismo. No por ahora, se dijo. Después corrió con cuidado de no hacer ruido las puertas del placard, de ese lado estaban los cajones, en el tercer cajón estaban las bombachas y los corpiños de ella, los hilos dentales, se dijo Álvaro y la adrenalina lo hizo erectarse, revisó meticulosamente la ropa interior de ella, nada nuevo, dijo. Eligió el hilo dental celeste, el rosa y el rojo con lunares blancos, unos lunares muy pequeños dispersos en el triángulo que ocultaba el pubis de ella, un pubis de película, recordaba Álvaro, entonces depositó los tres hilos dentales sobre la cama, se quedó de pie, duro, observándolos y observándose en el espejo que estaba en la pared a un costado de la cama, un espejo grande, Álvaro podía verse completo, siempre se miraba en espejo que no era suyo, un espejo que cuando él no estaba reflejaba la imagen de ella, otra manera de conectarnos, decía Álvaro, pero entendía que su comportamiento debía terminar, me arriesgo mucho, pensaba, esta es la última vez, miró el despertador sobre la mesa de luz, vio que tenía veinte minutos muy tranquilos por delante, y entonces Álvaro dejó de reprimirse: se quitó los zapatos, el pantalón y por último el bóxer, después se probó el hilo dental celeste, le gustaba ver en el espejo como su pene erecto sobresalía del triangulito de tela, se observó de costado, de frente y de espalda, incluso movió las caderas sexualmente al espejo, después se probó el hilo dental rosa, los movimientos de su cadera eran exagerados, el hilo dental rojo con lunares blancos era su preferido, no veía la hora de probárselo, acabar y no volver a esa casa, así que comenzó a bajarse la prenda rosa, excitado, nervioso, y al levantar su pierna derecha, en ese movimiento, sin querer, el dedo gordo de su pie se enganchó con el hilo dental y Álvaro estuvo unos segundos parado sólo en su pierna izquierda, la menos hábil, intentó estirar su pierna derecha que estaba todavía en el aire para desenganchar el dedo pero no tuvo éxito, por último dio unos saltitos sobre su pierna menos hábil, ya sin equilibrio, y cayó de costado, su cabeza golpeó secamente con la mesita de luz y quedó tirado al lado de la cama de ella, inconsciente, semidesnudo, con una tanga entre sus piernas.

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Acerca del autor

Daniel Luna

Nació en Rosario, Argentina. Estudió y vive en Puebla, México. La búsqueda en sus cuentos es la literatura fantástica y la ciencia ficción, aunque, siendo honestos, muy pocas veces lo logra. Pero insiste.

2 comentarios

  1. gonzalo · enero 2

    me encanta el final. Sorprendente. Inesperado

    • Alejandro Badillo · enero 2

      Gracias por tu lectura y por la visita a la página.