Pequeñas migraciones

¿Cuántas migraciones hay en nuestra vida? ¿Qué significa abandonar un territorio, conocido hasta el último detalle, e internarse en un nuevo lugar? A veces se cree que la migración debe ser un desplazamiento muy largo. El migrante tiende a visualizarse a través de las grandes diásporas de la humanidad: el judío que recorre media Europa huyendo de las purgas raciales; el republicano español que abandona su país gobernado por la dictadura y pasa sus días en el extranjero esperando que el régimen caiga; el mexicano que supera el trance del desierto para ir a un país cuyo idioma y costumbres desconoce. Pero, ¿qué pasa con las otras migraciones, las diminutas, las que apenas se pueden percibir en el mapa?

El 19 de septiembre de 1985 un sismo de 8.1 grados estremeció la ciudad de México. Yo tenía siete años y vivía con mi familia en el cuarto piso de un pequeño edificio en la delegación Coyoacán. Recuerdo muchas cosas de aquel día: la sensación de amenaza ante los cuadros que se movían como los objetos en el interior de un barco y la luz de los focos que parpadeaba con violencia; el susurro del edificio cuyos cimientos se remecían por el movimiento; nosotros mirando el estacionamiento común, a través de una pequeña ventana rectangular, sin decir una sola palabra. El resto de la historia es bien conocida aunque no suficientemente explorada. La destrucción y la pérdida de vidas humanas modificaron el espíritu de la ciudad. El destino de mi familia también cambió ya que un par de años después nos mudamos a la ciudad de Puebla donde mi padre tenía parientes cercanos. La decisión no sólo tenía que ver con el sismo sino con las amenazas de la gran ciudad: contaminación, delincuencia, sobrepoblación y otros fantasmas que empezaban a agudizarse. Así que abandonamos el edificio del que apenas conservo algunas imágenes y nos establecimos en una ciudad nueva para seguir con nuestras vidas. Con el tiempo, después de superar el cambio, comencé a pensar en mi vida si mi familia no hubiera tomado esa decisión. ¿Qué carrera habría estudiado? ¿Habría mantenido los mismos amigos? ¿Sería alguien completamente diferente? Se me antojaban ridículas esas suposiciones pero de vez en cuando me daban vueltas por la cabeza. ¿Qué tan diferente puede ser una vida que se aleja poco más de 123 kilómetros de su origen?

Avancé en la escuela y, entre mis conocidos, descubrí a algunos que también habían migrado desde lugares cercanos. Algunos, como yo, venían de la ciudad de México y otros de estados vecinos como Tlaxcala, Veracruz o Guerrero. Entonces comencé a pensar en aquellas familias que hicieron un viaje parecido al mío, un viaje que era tan insustancial, tan poco heroico, que apenas salía a relucir en alguna plática aislada. En el caos de las posibilidades, estos pequeños desplazamientos parecían no ser significativos y, sin embargo, estaba convencido de que habían modelado las vidas de muchas personas. ¿Cuántas personas decidieron aprovechar alguna oportunidad y salieron definitivamente de la ciudad de México? Sus historias recientes partieron de una nueva ruta en el camino, un giro poco dramático que se esconde, como una especie de susurro, en cada una de sus biografías.

Con los años entendí que la persona que soy no parte de una bifurcación, ni de la crisis de un único momento. Soy una persona en continua migración. Estoy, casi todo el tiempo, moviéndome entre pensamientos, deseos y temores. Los interrogo, salgo y vuelvo a entrar en ellos. Somos migrantes de nosotros mismos, pero nuestros desplazamientos obedecen a coordenadas secretas, menos obvias y que revelan su influencia después de muchos años, quizás en el último momento. Algunos rasgos de la personalidad se mantienen, en apariencia, indelebles, pero vistos a la distancia son como los colores que se contaminan con tonalidades más densas, perdurables, que flotan en el mar de la memoria. Uno de estos referentes, una isla inmóvil que sirve como punto de partida a migraciones futuras, es el acto de leer. Nuestros ojos van al encuentro de palabras que sufren diversas metamorfosis gracias al contacto con otras palabras. Por eso, al leer, parece que nos enfrentamos a la visión de un paisaje turbio y siempre cambiante. Sin embargo, nos mantenemos en el viaje porque el vértigo de las palabras se hilvana en un flujo que reafirma nuestra individualidad y la pone en diálogo con un mundo desconocido. Una vez que nos apoderamos de esa realidad podemos migrar a otra. Así, de texto en texto, de libro en libro, nos movemos en coordenadas que dan origen a nuevas preguntas, nuevos descubrimientos.

La lectura no sólo me ha convertido en un nómada que se recluye en el reducido espacio de su biblioteca o en el barullo incesante de una cafetería. La migración a través de las palabras me ha predispuesto a las pequeñas revelaciones. Después de internarme por las páginas de una buena novela –mientras la vida, alrededor, sigue su curso normal– siento que respiro en un ámbito más profundo, en una atmósfera en la cual el pensamiento se mueve sin los límites que nos impone la vida cotidiana. Por eso hay que estar atentos a pequeñas revelaciones que sólo pueden detonar gracias a la imaginación literaria. Yasunari Kawabata, escritor japonés cuyo estilo es una rica fusión de Oriente y Occidente, fundó la Escuela de la Nueva Sensibilidad que se oponía a la narrativa realista que dominaba la literatura de su tiempo. El autor refiere que llegó a esa certeza después de mirar cómo la luz del sol resplandecía sobre unos vasos. Esa epifanía fue suficiente para cambiar el derrotero de su estilo. A partir de ahí el reflejo de un rostro en la ventanilla de un tren, como ocurre en el inicio de su novela País de nieve o el contacto apenas perceptible de un viejo ante una bella mujer que duerme como ocurre en El palacio de las bellas durmientes, quizás su obra más conocida, son elementos capitales de su poética, detalles nimios cuya acumulación otorga a sus historias una fuerza sutil y perdurable. No deja de ser perturbador pensar en el final del autor japonés. En 1972, solo en su departamento, dejó abierta la llave del gas y lo inhaló hasta la muerte. ¿Qué fantasmas acosaban la mente del viejo maestro? ¿Fue la vejez o la desesperanza que se nutre de la decadencia del cuerpo? Lo cierto es que su final, su manera de sentir la belleza del mundo, no pueden desligarse de la sensibilidad que cultivó y que lo llevó –como dio a entender en el discurso de aceptación del premio Nobel en 1968– a tener una profunda conversación con sus temores y sus demonios. La literatura, como una larga migración que llega al último destino, puede ser un salto al vacío.

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Acerca del autor

Alejandro Badillo

México, DF, 1977. Es narrador y reseñista. Ha publicado los libros de cuentos Ella sigue dormida (Tierra adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (Cuadrivio) y la novela La mujer de los macacos (Libros Magenta). Compiló para el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla Ficciones en fuga. Narrativa breve desde Puebla. Coordinador de talleres literarios. Ha participado en varias antologías y en publicaciones nacionales como Playboy y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca en la disciplina de cuento. Ganó en 2015 el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela 2015 por su libro El clan de los estetas.

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